¿Quieres ver maravillas?
Abrir el corazón con humildad a la obra nueva de Dios
Conferencia espiritual
El deseo de ver las maravillas de Dios
Muchos creyentes anhelan ver y vivir las maravillas de Dios, tener un encuentro real con Jesús, sentir el toque de su Espíritu. Pero a veces ese anhelo se frustra, no porque Dios no quiera obrar, sino porque queremos que Él actúe exactamente como nosotros pensamos, en el momento que nosotros decidimos y de la forma que nosotros imaginamos. Cuando le ponemos condiciones a Dios, sin darnos cuenta, pretendemos ocupar su lugar.
2 Corintios 10:5
Derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.
Para ver las maravillas de Dios hace falta un cambio en nosotros: rendir nuestros pensamientos, soltar el control, dejar que sea Él quien obre a su manera y en su tiempo. No se trata de apagar la razón —que también es don de Dios—, sino de no encerrar a Dios dentro de los límites de lo que nosotros entendemos o esperamos. De eso queremos hablar: de abrir el corazón con humildad a la obra nueva que Dios quiere hacer.
¿Esperas que Dios obre a tu manera y en tu tiempo, o le permites obrar como Él quiera?
Odres nuevos para el vino nuevo
Jesús enseñó que el vino nuevo no se echa en odres viejos, porque los rompe. El vino es siempre el mismo Espíritu de Dios; lo que debe cambiar es el odre, es decir, nosotros. Si nuestro corazón se vuelve rígido, incapaz de recibir lo nuevo que Dios quiere hacer, perdemos las bendiciones que Él desea derramar.
Marcos 2:22
Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo rompe los odres, y el vino se derrama, y los odres se pierden; mas el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar.
Hay creyentes que se han vuelto odres rígidos: aferrados a sus formas, a sus costumbres, a su manera de entender las cosas, no soportan los cambios que Dios va produciendo en ellos y en su comunidad. El vino del Espíritu no cambia, pero puede venir de maneras distintas a las que esperábamos. Por eso, pidamos a Dios un corazón flexible, un odre nuevo, capaz de recibir lo que Él quiera dar, aunque no venga en el envase que imaginábamos. El que se vuelve rígido se queda sin vino; el que se deja moldear, se llena.
¿Es tu corazón un odre flexible, dispuesto a recibir lo nuevo de Dios, o se ha vuelto rígido?
La trampa de querer razonarlo todo
Algunos quieren ver maravillas, pero solo las que pueden explicar y encajar en su lógica. El problema es que Dios se mueve también en lo que sobrepasa nuestro entendimiento. No se trata de despreciar la inteligencia, sino de reconocer que hay realidades de Dios que la sola razón humana no alcanza a abarcar, y que se perciben con el espíritu.
1 Corintios 2:14
Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.
Hay quienes, por querer entenderlo todo antes de creer, se pierden la obra de Dios que sucede frente a ellos. La fe no es enemiga de la razón, pero va más allá de lo que la sola mente puede calcular. Dios no necesita encajar en nuestros esquemas para ser real. Aprende a confiar sin exigir explicación de cada cosa, a contemplar con asombro lo que no entiendes del todo. El que solo cree lo que puede razonar limita su experiencia de Dios; el que confía con humildad descubre maravillas que la mente sola no alcanzaría.
¿Le exiges a Dios que todo te quepa en la cabeza, o confías aunque no lo entiendas del todo?
La rigidez que impidió reconocer al Mesías
Hay un ejemplo doloroso en la historia: los que esperaban al Mesías con ideas tan rígidas que, cuando llegó, no lo reconocieron. Tenían un molde fijo de cómo debía venir, y como Jesús no encajaba en ese molde, lo rechazaron. La rigidez del corazón les hizo perder lo que más anhelaban.
Juan 1:10-11
En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.
Cuántas bendiciones se pierden por no venir en el envoltorio que esperábamos. A veces Dios responde de una manera distinta a la que pedimos, obra a través de una persona inesperada, abre una puerta que no habíamos contemplado, y por estar fijos en nuestro molde no lo reconocemos. No cometas el error de los que no recibieron al Señor por tenerlo todo demasiado decidido. Mantén el corazón abierto y atento, para reconocer a Dios aunque venga de forma diferente. El que tiene el corazón abierto reconoce al Señor donde otros no lo ven.
¿Tienes un molde fijo de cómo debe obrar Dios, que quizás te impide reconocer su obra real?
La humildad que recibe la obra de Dios
La clave para ver las maravillas de Dios es la humildad. El soberbio quiere controlar, entender y dirigir; el humilde se rinde, confía y recibe. Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes. Por eso, el corazón humilde es el odre nuevo capaz de recibir el vino nuevo del Espíritu.
1 Pedro 5:5-6
Revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo.
La soberbia espiritual es sutil: puede esconderse en el mucho conocimiento, en el creer que ya lo sabemos todo, en el querer enseñarle a Dios cómo obrar. Pero el que se humilla reconoce que Dios es mayor que sus conocimientos y que sus esquemas. Humíllate bajo la mano de Dios, suelta el control, y deja que sea Él quien obre. La humildad abre el corazón a la gracia; el que se humilla recibe, y a su tiempo es exaltado. No hay maravilla de Dios que no comience por un corazón humilde y rendido.
El Libro de Urantia — 100:7.5
La verdadera religión no consiste en sensaciones extraordinarias ni en exaltaciones emocionales, sino en la confianza tranquila y la receptividad humilde del alma que se abre a la presencia de Dios. La humildad sincera prepara el corazón para recibir las realidades del espíritu.
La verdadera experiencia de Dios no se mide por sensaciones extraordinarias, sino por la confianza tranquila y la receptividad humilde del alma. No hace falta buscar manifestaciones llamativas para tener un encuentro real con Dios; basta un corazón humilde y abierto. La humildad prepara el alma para recibir lo que el espíritu quiere darle. Así, las mayores maravillas de Dios muchas veces son las más serenas: una paz profunda, un amor que transforma, una vida cambiada.
¿Buscas las maravillas de Dios desde la soberbia del control, o desde la humildad que recibe?
Dejar que Dios sea Dios en tu vida
Si quieres ver y vivir las maravillas de Dios, déjale ser Dios: que sea mayor que tus conocimientos, que gobierne tu corazón, que obre como Él quiera. No le marques límites ni le indiques cómo, cuándo y dónde debe manifestarse. El río del Espíritu busca su propio cauce; nuestra parte es adaptarnos a su mover, no encauzarlo según nuestro gusto.
Salmos 145:4-5
Generación a generación celebrará tus obras, y anunciará tus poderosos hechos. En la hermosura de la gloria de tu magnificencia, y en tus hechos maravillosos meditaré.
Cuando dejamos que Dios sea Dios en nuestra vida, comenzamos a meditar en sus hechos maravillosos y a celebrar sus obras. No vivas pendiente de cómo se producirá tal o cual experiencia; simplemente abre el corazón y disfruta la visita de Dios a tu vida, venga como venga. Deja la rigidez, deja el control, deja el miedo a lo que no entiendes. Que el agua de su Palabra ablande tu corazón y el aceite de su Espíritu lo haga flexible. El que deja que Dios sea Dios ve maravillas; el que quiere mandar sobre Dios, se las pierde.
¿Le dejas a Dios el control de tu vida, o pretendes indicarle cómo y cuándo debe obrar?
Conclusión: prepárate para recibir lo nuevo
¿Quieres ver maravillas? Entonces prepárate para ser cambiado tú. El vino del Espíritu es siempre el mismo, pero requiere odres nuevos: corazones flexibles, humildes, abiertos a la obra nueva de Dios. No encierres a Dios en tus esquemas, no exijas razonarlo todo, no te aferres a un molde rígido que te impida reconocer su obra. La verdadera experiencia de Dios no se mide por sensaciones llamativas, sino por la receptividad humilde del alma.
Humíllate bajo la mano de Dios, suelta el control, y deja que Él sea Dios en tu vida. Que el agua de su Palabra y el aceite de su Espíritu ablanden tu corazón hasta hacerlo un odre nuevo, capaz de recibir las bendiciones que Él quiere derramar. Y entonces verás que las mayores maravillas de Dios son a veces las más serenas y profundas: un amor que transforma, una paz que sobrepasa todo entendimiento, una vida hecha nueva. Abre tu corazón hoy, y deja que el Dios de toda maravilla obre en ti como solo Él sabe hacerlo.
¿Quieres ver maravillas? Vuélvete un odre nuevo: humilde, flexible y abierto a la obra de Dios.