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¿Sigues cautivo 2?

¿Sigues cautivo?

Vivir de verdad la libertad que Cristo nos dio

 

Conferencia espiritual

 

Una pregunta que merece sinceridad

¿Sigues cautivo, o de verdad has sido liberado por la acción de Dios en tu vida? La respuesta parece obvia: soy libre, porque Cristo me hizo libre. Y es cierto. Pero muchas veces decimos haber sido libertados mientras, en los hechos, seguimos atados. Por eso vale la pena examinarnos con sinceridad y preguntarnos si vivimos de verdad la libertad que Cristo nos dio.

Lucas 4:18

El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos.

Jesús vino precisamente a pregonar libertad a los cautivos y a poner en libertad a los oprimidos. Esa es su misión: liberarnos. Pero la libertad que Él da debe hacerse real en nuestra vida, no quedarse solo en palabras. De eso queremos hablar hoy: de descubrir las ataduras que aún nos retienen, para vivir de verdad la libertad con que Cristo nos hizo libres.

Si fueras del todo sincero, ¿vives la libertad de Cristo, o sigues atado a algo?

Lo que de verdad nos cautiva

Cautivar significa atraer, seducir, hacer prisionero. Y así obra el mal en la vida: primero atrae, seduce con algo que parece bueno, y poco a poco va haciendo prisionero al que no está firme. No siempre es algo evidente; muchas veces son cosas sutiles las que nos van atando sin que lo notemos.

Juan 8:34-36

Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado. Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre. Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.

Lo que nos cautiva no siempre es algo grosero; puede ser un hábito, un rencor que no soltamos, un miedo, una manera de pensar que nos esclaviza. Empieza atrayéndonos, parece inofensivo, y termina dominándonos. Pero Jesús dijo que si el Hijo nos liberta, seremos verdaderamente libres. La buena noticia es que la libertad está disponible; la pregunta es si la estamos viviendo. Identifica qué te atrae y te ata, y entrégalo al Señor, porque solo en Él hay libertad verdadera.

¿Qué cosa, aunque parezca pequeña, te atrae y poco a poco te ha ido atando?

Decir que somos libres no basta

Muchos confiesan con los labios que han sido libertados, pero en el corazón no lo creen ni lo viven. La lengua se mueve rápido y dice cosas que no están realmente arraigadas en el corazón. Y de nada sirve declarar que somos libres si por dentro seguimos atados al miedo, a la duda o a las viejas costumbres.

Santiago 1:26

Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana.

La libertad verdadera no es una frase que repetimos, sino una realidad que se vive. Se puede engañar al corazón diciendo lo que no creemos. Por eso, más que repetir que somos libres, conviene preguntarnos si actuamos como libres, si confiamos como libres, si vivimos sin las cadenas que decíamos haber soltado. La fe verdadera baja de los labios al corazón y se traduce en una vida distinta. No te conformes con declarar libertad; vívela de verdad, creyéndola en lo profundo del corazón.

¿Tu libertad es solo una frase que repites, o una realidad que de verdad vives?

Cautiverios disfrazados

Hay cautiverios que se disfrazan. Algunos dicen ser libres, pero una enfermedad o un malestar aparece justo cuando deben servir a Dios. Otros dicen ser libres, pero la cautividad del miedo, de la ansiedad o de la falta de perdón los retiene. Otros se dicen libres, pero su manera de vivir desmiente sus palabras. Son prisiones disfrazadas que hacen vano, en la práctica, el sacrificio de Cristo.

Gálatas 5:1

Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.

Cristo nos hizo libres para que vivamos en libertad, no para que volvamos a someternos a yugos disfrazados. A veces el yugo no viene de fuera, sino de nuestras propias tendencias: la inclinación al miedo, a la queja, a la duda, a guardar rencor. Mira con honestidad qué cadenas disfrazadas todavía te retienen. No las justifiques ni las disimules; reconócelas y entrégalas a Dios. El que vive firme en la libertad de Cristo no vuelve a someterse a lo que ya fue vencido en la cruz.

¿Qué cautiverio disfrazado —miedo, rencor, ansiedad— sigues arrastrando aunque te creas libre?

La falta de conocimiento mantiene cautivo

La Escritura señala una causa importante del cautiverio: la falta de conocimiento. Cuando no conocemos a Dios ni sus promesas, no podemos apropiarnos de la libertad que ya nos pertenece. La ignorancia de lo que somos en Cristo nos mantiene viviendo como esclavos, aunque seamos hijos libres.

Oseas 4:6

Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos.

Muchos siguen cautivos porque no conocen las promesas de Dios ni la verdad de quiénes son en Cristo. Por eso es tan importante buscar el conocimiento del Señor como quien busca un tesoro: leer y meditar su Palabra, conocer sus promesas, entender la libertad que nos dio. El que conoce la verdad es hecho libre por ella. No te quedes cautivo por ignorancia; aliméntate de la Palabra, conoce a Aquel que te liberó, y aprende a vivir como el hijo libre que eres. El conocimiento de Dios rompe las cadenas de la ignorancia.

¿Conoces las promesas de Dios y tu identidad en Cristo, o sigues cautivo por no conocerlas?

La libertad es decisión de vivirla

Cuando recibimos a Cristo, el Padre nos hizo libres, nos trasladó de las tinieblas a su reino de luz. La cautividad ya fue vencida en la cruz. Pero para que esa libertad se haga efectiva en nuestra vida diaria, hace falta una decisión: la de creerla y vivirla, dejando atrás lo que nos ataba.

Colosenses 1:13-14

El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.

Dios ya hizo su parte: nos libró y nos trasladó a su reino. La obra está consumada; ahora depende de nosotros vivirla. Es tiempo de soltar el miedo que aparece cuando hay que servir, de dejar la queja y la duda, de creer de verdad la libertad recibida. Pon los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, y decide vivir como libre. No hagas vano, con tu manera de vivir, el precio que Él pagó por tu libertad. Hoy puedes decidir vivir, por fin, la libertad con que Cristo te hizo libre.

El Libro de Urantia — 130:2.6

La verdad os hará libres; el conocimiento vivo de Dios libera el alma de todo temor. El hijo que conoce el amor del Padre vive con la libertad gozosa de quien sabe que es amado, y ningún temor lo mantiene cautivo.

El conocimiento vivo del amor de Dios libera el alma de todo temor. El que sabe que es un hijo amado del Padre vive con una libertad gozosa que ningún miedo puede encadenar. Por eso la mayor libertad no es solo dejar de hacer ciertas cosas, sino vivir seguros del amor de Dios, sin el temor que esclaviza. Conoce ese amor, créelo, y vivirás libre de verdad, como el hijo libre que ya eres.

¿Estás dispuesto a decidir hoy vivir la libertad que Cristo ya ganó para ti?

Conclusión: vive tu libertad

La realidad es que, al recibir a Cristo, fuimos hechos libres y trasladados a su reino. La cautividad ya fue vencida en la cruz. Pero muchas veces seguimos viviendo como cautivos, atados a cadenas disfrazadas —el miedo, la duda, el rencor, las viejas costumbres— o por no conocer la libertad que ya nos pertenece.

Examínate con sinceridad y descubre los barrotes que aún te retienen. Aliméntate del conocimiento de Dios, porque la verdad hace libre. Cree en lo profundo del corazón la libertad recibida, y decide vivirla: suelta el miedo, deja la queja, abandona el rencor, vive como hijo amado y libre. No hagas vano el sacrificio de Cristo arrastrando una cautividad que Él ya venció. El conocimiento vivo del amor del Padre libera el alma de todo temor. Comienza hoy a gozar de tu libertad, porque para eso te hizo libre el Señor.

Cristo ya te hizo libre: descubre tus cadenas disfrazadas, conoce su amor, y decide vivir como hijo libre.

¿Sigues cautivo?

¿Sigues cautivo?

Vivir de verdad la libertad que Cristo nos dio

 

Conferencia espiritual

 

Una pregunta que merece sinceridad

¿Sigues cautivo, o de verdad has sido liberado por la acción de Dios en tu vida? La respuesta parece obvia: soy libre, porque Cristo me hizo libre. Y es cierto. Pero muchas veces decimos haber sido libertados mientras, en los hechos, seguimos atados. Por eso vale la pena examinarnos con sinceridad y preguntarnos si vivimos de verdad la libertad que Cristo nos dio.

Lucas 4:18

El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos.

Jesús vino precisamente a pregonar libertad a los cautivos y a poner en libertad a los oprimidos. Esa es su misión: liberarnos. Pero la libertad que Él da debe hacerse real en nuestra vida, no quedarse solo en palabras. De eso queremos hablar hoy: de descubrir las ataduras que aún nos retienen, para vivir de verdad la libertad con que Cristo nos hizo libres.

Si fueras del todo sincero, ¿vives la libertad de Cristo, o sigues atado a algo?

Lo que de verdad nos cautiva

Cautivar significa atraer, seducir, hacer prisionero. Y así obra el mal en la vida: primero atrae, seduce con algo que parece bueno, y poco a poco va haciendo prisionero al que no está firme. No siempre es algo evidente; muchas veces son cosas sutiles las que nos van atando sin que lo notemos.

Juan 8:34-36

Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado. Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre. Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.

Lo que nos cautiva no siempre es algo grosero; puede ser un hábito, un rencor que no soltamos, un miedo, una manera de pensar que nos esclaviza. Empieza atrayéndonos, parece inofensivo, y termina dominándonos. Pero Jesús dijo que si el Hijo nos liberta, seremos verdaderamente libres. La buena noticia es que la libertad está disponible; la pregunta es si la estamos viviendo. Identifica qué te atrae y te ata, y entrégalo al Señor, porque solo en Él hay libertad verdadera.

¿Qué cosa, aunque parezca pequeña, te atrae y poco a poco te ha ido atando?

Decir que somos libres no basta

Muchos confiesan con los labios que han sido libertados, pero en el corazón no lo creen ni lo viven. La lengua se mueve rápido y dice cosas que no están realmente arraigadas en el corazón. Y de nada sirve declarar que somos libres si por dentro seguimos atados al miedo, a la duda o a las viejas costumbres.

Santiago 1:26

Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana.

La libertad verdadera no es una frase que repetimos, sino una realidad que se vive. Se puede engañar al corazón diciendo lo que no creemos. Por eso, más que repetir que somos libres, conviene preguntarnos si actuamos como libres, si confiamos como libres, si vivimos sin las cadenas que decíamos haber soltado. La fe verdadera baja de los labios al corazón y se traduce en una vida distinta. No te conformes con declarar libertad; vívela de verdad, creyéndola en lo profundo del corazón.

¿Tu libertad es solo una frase que repites, o una realidad que de verdad vives?

Cautiverios disfrazados

Hay cautiverios que se disfrazan. Algunos dicen ser libres, pero una enfermedad o un malestar aparece justo cuando deben servir a Dios. Otros dicen ser libres, pero la cautividad del miedo, de la ansiedad o de la falta de perdón los retiene. Otros se dicen libres, pero su manera de vivir desmiente sus palabras. Son prisiones disfrazadas que hacen vano, en la práctica, el sacrificio de Cristo.

Gálatas 5:1

Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.

Cristo nos hizo libres para que vivamos en libertad, no para que volvamos a someternos a yugos disfrazados. A veces el yugo no viene de fuera, sino de nuestras propias tendencias: la inclinación al miedo, a la queja, a la duda, a guardar rencor. Mira con honestidad qué cadenas disfrazadas todavía te retienen. No las justifiques ni las disimules; reconócelas y entrégalas a Dios. El que vive firme en la libertad de Cristo no vuelve a someterse a lo que ya fue vencido en la cruz.

¿Qué cautiverio disfrazado —miedo, rencor, ansiedad— sigues arrastrando aunque te creas libre?

La falta de conocimiento mantiene cautivo

La Escritura señala una causa importante del cautiverio: la falta de conocimiento. Cuando no conocemos a Dios ni sus promesas, no podemos apropiarnos de la libertad que ya nos pertenece. La ignorancia de lo que somos en Cristo nos mantiene viviendo como esclavos, aunque seamos hijos libres.

Oseas 4:6

Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos.

Muchos siguen cautivos porque no conocen las promesas de Dios ni la verdad de quiénes son en Cristo. Por eso es tan importante buscar el conocimiento del Señor como quien busca un tesoro: leer y meditar su Palabra, conocer sus promesas, entender la libertad que nos dio. El que conoce la verdad es hecho libre por ella. No te quedes cautivo por ignorancia; aliméntate de la Palabra, conoce a Aquel que te liberó, y aprende a vivir como el hijo libre que eres. El conocimiento de Dios rompe las cadenas de la ignorancia.

¿Conoces las promesas de Dios y tu identidad en Cristo, o sigues cautivo por no conocerlas?

La libertad es decisión de vivirla

Cuando recibimos a Cristo, el Padre nos hizo libres, nos trasladó de las tinieblas a su reino de luz. La cautividad ya fue vencida en la cruz. Pero para que esa libertad se haga efectiva en nuestra vida diaria, hace falta una decisión: la de creerla y vivirla, dejando atrás lo que nos ataba.

Colosenses 1:13-14

El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.

Dios ya hizo su parte: nos libró y nos trasladó a su reino. La obra está consumada; ahora depende de nosotros vivirla. Es tiempo de soltar el miedo que aparece cuando hay que servir, de dejar la queja y la duda, de creer de verdad la libertad recibida. Pon los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, y decide vivir como libre. No hagas vano, con tu manera de vivir, el precio que Él pagó por tu libertad. Hoy puedes decidir vivir, por fin, la libertad con que Cristo te hizo libre.

El Libro de Urantia — 130:2.6

La verdad os hará libres; el conocimiento vivo de Dios libera el alma de todo temor. El hijo que conoce el amor del Padre vive con la libertad gozosa de quien sabe que es amado, y ningún temor lo mantiene cautivo.

El conocimiento vivo del amor de Dios libera el alma de todo temor. El que sabe que es un hijo amado del Padre vive con una libertad gozosa que ningún miedo puede encadenar. Por eso la mayor libertad no es solo dejar de hacer ciertas cosas, sino vivir seguros del amor de Dios, sin el temor que esclaviza. Conoce ese amor, créelo, y vivirás libre de verdad, como el hijo libre que ya eres.

¿Estás dispuesto a decidir hoy vivir la libertad que Cristo ya ganó para ti?

Conclusión: vive tu libertad

La realidad es que, al recibir a Cristo, fuimos hechos libres y trasladados a su reino. La cautividad ya fue vencida en la cruz. Pero muchas veces seguimos viviendo como cautivos, atados a cadenas disfrazadas —el miedo, la duda, el rencor, las viejas costumbres— o por no conocer la libertad que ya nos pertenece.

Examínate con sinceridad y descubre los barrotes que aún te retienen. Aliméntate del conocimiento de Dios, porque la verdad hace libre. Cree en lo profundo del corazón la libertad recibida, y decide vivirla: suelta el miedo, deja la queja, abandona el rencor, vive como hijo amado y libre. No hagas vano el sacrificio de Cristo arrastrando una cautividad que Él ya venció. El conocimiento vivo del amor del Padre libera el alma de todo temor. Comienza hoy a gozar de tu libertad, porque para eso te hizo libre el Señor.

Cristo ya te hizo libre: descubre tus cadenas disfrazadas, conoce su amor, y decide vivir como hijo libre.

¿Quieres ver maravillas?

¿Quieres ver maravillas?

Abrir el corazón con humildad a la obra nueva de Dios

 

Conferencia espiritual

 

El deseo de ver las maravillas de Dios

Muchos creyentes anhelan ver y vivir las maravillas de Dios, tener un encuentro real con Jesús, sentir el toque de su Espíritu. Pero a veces ese anhelo se frustra, no porque Dios no quiera obrar, sino porque queremos que Él actúe exactamente como nosotros pensamos, en el momento que nosotros decidimos y de la forma que nosotros imaginamos. Cuando le ponemos condiciones a Dios, sin darnos cuenta, pretendemos ocupar su lugar.

2 Corintios 10:5

Derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.

Para ver las maravillas de Dios hace falta un cambio en nosotros: rendir nuestros pensamientos, soltar el control, dejar que sea Él quien obre a su manera y en su tiempo. No se trata de apagar la razón —que también es don de Dios—, sino de no encerrar a Dios dentro de los límites de lo que nosotros entendemos o esperamos. De eso queremos hablar: de abrir el corazón con humildad a la obra nueva que Dios quiere hacer.

¿Esperas que Dios obre a tu manera y en tu tiempo, o le permites obrar como Él quiera?

Odres nuevos para el vino nuevo

Jesús enseñó que el vino nuevo no se echa en odres viejos, porque los rompe. El vino es siempre el mismo Espíritu de Dios; lo que debe cambiar es el odre, es decir, nosotros. Si nuestro corazón se vuelve rígido, incapaz de recibir lo nuevo que Dios quiere hacer, perdemos las bendiciones que Él desea derramar.

Marcos 2:22

Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo rompe los odres, y el vino se derrama, y los odres se pierden; mas el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar.

Hay creyentes que se han vuelto odres rígidos: aferrados a sus formas, a sus costumbres, a su manera de entender las cosas, no soportan los cambios que Dios va produciendo en ellos y en su comunidad. El vino del Espíritu no cambia, pero puede venir de maneras distintas a las que esperábamos. Por eso, pidamos a Dios un corazón flexible, un odre nuevo, capaz de recibir lo que Él quiera dar, aunque no venga en el envase que imaginábamos. El que se vuelve rígido se queda sin vino; el que se deja moldear, se llena.

¿Es tu corazón un odre flexible, dispuesto a recibir lo nuevo de Dios, o se ha vuelto rígido?

La trampa de querer razonarlo todo

Algunos quieren ver maravillas, pero solo las que pueden explicar y encajar en su lógica. El problema es que Dios se mueve también en lo que sobrepasa nuestro entendimiento. No se trata de despreciar la inteligencia, sino de reconocer que hay realidades de Dios que la sola razón humana no alcanza a abarcar, y que se perciben con el espíritu.

1 Corintios 2:14

Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.

Hay quienes, por querer entenderlo todo antes de creer, se pierden la obra de Dios que sucede frente a ellos. La fe no es enemiga de la razón, pero va más allá de lo que la sola mente puede calcular. Dios no necesita encajar en nuestros esquemas para ser real. Aprende a confiar sin exigir explicación de cada cosa, a contemplar con asombro lo que no entiendes del todo. El que solo cree lo que puede razonar limita su experiencia de Dios; el que confía con humildad descubre maravillas que la mente sola no alcanzaría.

¿Le exiges a Dios que todo te quepa en la cabeza, o confías aunque no lo entiendas del todo?

La rigidez que impidió reconocer al Mesías

Hay un ejemplo doloroso en la historia: los que esperaban al Mesías con ideas tan rígidas que, cuando llegó, no lo reconocieron. Tenían un molde fijo de cómo debía venir, y como Jesús no encajaba en ese molde, lo rechazaron. La rigidez del corazón les hizo perder lo que más anhelaban.

Juan 1:10-11

En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.

Cuántas bendiciones se pierden por no venir en el envoltorio que esperábamos. A veces Dios responde de una manera distinta a la que pedimos, obra a través de una persona inesperada, abre una puerta que no habíamos contemplado, y por estar fijos en nuestro molde no lo reconocemos. No cometas el error de los que no recibieron al Señor por tenerlo todo demasiado decidido. Mantén el corazón abierto y atento, para reconocer a Dios aunque venga de forma diferente. El que tiene el corazón abierto reconoce al Señor donde otros no lo ven.

¿Tienes un molde fijo de cómo debe obrar Dios, que quizás te impide reconocer su obra real?

La humildad que recibe la obra de Dios

La clave para ver las maravillas de Dios es la humildad. El soberbio quiere controlar, entender y dirigir; el humilde se rinde, confía y recibe. Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes. Por eso, el corazón humilde es el odre nuevo capaz de recibir el vino nuevo del Espíritu.

1 Pedro 5:5-6

Revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo.

La soberbia espiritual es sutil: puede esconderse en el mucho conocimiento, en el creer que ya lo sabemos todo, en el querer enseñarle a Dios cómo obrar. Pero el que se humilla reconoce que Dios es mayor que sus conocimientos y que sus esquemas. Humíllate bajo la mano de Dios, suelta el control, y deja que sea Él quien obre. La humildad abre el corazón a la gracia; el que se humilla recibe, y a su tiempo es exaltado. No hay maravilla de Dios que no comience por un corazón humilde y rendido.

El Libro de Urantia — 100:7.5

La verdadera religión no consiste en sensaciones extraordinarias ni en exaltaciones emocionales, sino en la confianza tranquila y la receptividad humilde del alma que se abre a la presencia de Dios. La humildad sincera prepara el corazón para recibir las realidades del espíritu.

La verdadera experiencia de Dios no se mide por sensaciones extraordinarias, sino por la confianza tranquila y la receptividad humilde del alma. No hace falta buscar manifestaciones llamativas para tener un encuentro real con Dios; basta un corazón humilde y abierto. La humildad prepara el alma para recibir lo que el espíritu quiere darle. Así, las mayores maravillas de Dios muchas veces son las más serenas: una paz profunda, un amor que transforma, una vida cambiada.

¿Buscas las maravillas de Dios desde la soberbia del control, o desde la humildad que recibe?

Dejar que Dios sea Dios en tu vida

Si quieres ver y vivir las maravillas de Dios, déjale ser Dios: que sea mayor que tus conocimientos, que gobierne tu corazón, que obre como Él quiera. No le marques límites ni le indiques cómo, cuándo y dónde debe manifestarse. El río del Espíritu busca su propio cauce; nuestra parte es adaptarnos a su mover, no encauzarlo según nuestro gusto.

Salmos 145:4-5

Generación a generación celebrará tus obras, y anunciará tus poderosos hechos. En la hermosura de la gloria de tu magnificencia, y en tus hechos maravillosos meditaré.

Cuando dejamos que Dios sea Dios en nuestra vida, comenzamos a meditar en sus hechos maravillosos y a celebrar sus obras. No vivas pendiente de cómo se producirá tal o cual experiencia; simplemente abre el corazón y disfruta la visita de Dios a tu vida, venga como venga. Deja la rigidez, deja el control, deja el miedo a lo que no entiendes. Que el agua de su Palabra ablande tu corazón y el aceite de su Espíritu lo haga flexible. El que deja que Dios sea Dios ve maravillas; el que quiere mandar sobre Dios, se las pierde.

¿Le dejas a Dios el control de tu vida, o pretendes indicarle cómo y cuándo debe obrar?

Conclusión: prepárate para recibir lo nuevo

¿Quieres ver maravillas? Entonces prepárate para ser cambiado tú. El vino del Espíritu es siempre el mismo, pero requiere odres nuevos: corazones flexibles, humildes, abiertos a la obra nueva de Dios. No encierres a Dios en tus esquemas, no exijas razonarlo todo, no te aferres a un molde rígido que te impida reconocer su obra. La verdadera experiencia de Dios no se mide por sensaciones llamativas, sino por la receptividad humilde del alma.

Humíllate bajo la mano de Dios, suelta el control, y deja que Él sea Dios en tu vida. Que el agua de su Palabra y el aceite de su Espíritu ablanden tu corazón hasta hacerlo un odre nuevo, capaz de recibir las bendiciones que Él quiere derramar. Y entonces verás que las mayores maravillas de Dios son a veces las más serenas y profundas: un amor que transforma, una paz que sobrepasa todo entendimiento, una vida hecha nueva. Abre tu corazón hoy, y deja que el Dios de toda maravilla obre en ti como solo Él sabe hacerlo.

¿Quieres ver maravillas? Vuélvete un odre nuevo: humilde, flexible y abierto a la obra de Dios.

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