Crees en el trueno
Confiar en Dios por fe, sin necesidad de verlo
Conferencia espiritual
Crees sin ver
Crees en el trueno solo porque oyes su ruido; crees en el calor porque lo sientes en la piel; crees en el viento porque lo notas al rozar tu cuerpo. ¿Te das cuenta de cuántas cosas crees sin necesidad de verlas, solo porque percibes sus efectos? Ahora piensa cuántas pruebas, en cambio, exiges a veces para creer de verdad en Dios.
Lucas 12:56
¡Hipócritas! Sabéis distinguir el aspecto del cielo y de la tierra; ¿y cómo no distinguís este tiempo?
Sabemos leer las señales de la naturaleza sin dudar, pero a veces nos cuesta reconocer la presencia de Dios. Y no hablo de creer solo de labios, como los que dicen creer pero con sus actos lo niegan; hablo de creer de verdad, con el corazón. Si confiamos en tantas cosas que no vemos, solo porque sentimos sus efectos, ¿por qué nos cuesta confiar en Dios, cuya presencia también percibimos de mil maneras? De eso hablaremos hoy: de creer en Dios por fe, sin necesidad de verlo.
¿Confías en Dios por fe, o le exiges pruebas para creer, como el mundo?
La voz de Dios en el trueno
Cuando el cielo se nubla y escuchamos un estruendo, decimos sin dudar: es un trueno. Pero como creyentes, conviene recordar que a veces, en medio de esos sonidos, puede ser el Señor mismo el que nos habla, porque Dios habla de muchas maneras.
Salmo 29:3-4
Voz del Señor sobre las aguas; truena el Dios de gloria. Voz del Señor con potencia; voz del Señor con gloria.
La voz de Dios truena sobre las aguas. A Moisés Dios le hablaba con voz potente; y la creación entera obedece al sonido de su voz, porque reconoce a su Creador. No dudamos en afirmar que hay un trueno, pero muchas veces no reconocemos que en él, o detrás de él, está Dios queriendo hablarnos. Por eso, aprendamos a estar atentos: no para buscar señales espectaculares, sino para reconocer la voz de Dios que nos habla en lo cotidiano, en su Palabra, en nuestro interior. El que cree de verdad reconoce a Dios aunque no lo vea.
El fuego que sentimos por dentro
Sentimos el calor del fuego aunque no veamos su origen, y sabemos que está. De la misma manera, muchas veces sentimos a Dios como un fuego en lo hondo del alma, pero en lugar de reconocerlo, buscamos explicaciones, como hace el mundo, queriendo ver para creer.
Jeremías 20:9
Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; pero había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude.
Había en mi corazón como un fuego ardiente: así describía el profeta la presencia de Dios en su interior. Cuántas veces, leyendo o escuchando la Palabra, hemos sentido como un fuego que nos quema por dentro, y en vez de reconocer que era Dios tocándonos, lo atribuimos a otra cosa. La Palabra de Dios es como fuego, y su Espíritu arde en nosotros. Aprendamos a discernir ese fuego: cuando sientas que algo se enciende en tu corazón al acercarte a Dios, no lo apagues buscando explicaciones; reconoce que es Él, y déjate tocar por su fuego de amor.
Jeremías 23:29
¿No es mi palabra como fuego, dice el Señor, y como martillo que quebranta la piedra?
Cuando sientes ese fuego al acercarte a Dios, ¿lo reconoces como Él, o buscas explicaciones?
El viento donde está su presencia
Reconoces el viento cuando roza tu piel, y no dudas de su existencia aunque no lo veas. También el viento se somete al poder de Dios, y muchas veces, en medio de él, puede estar el Señor queriendo bendecirnos.
Hechos 2:2,4
Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados… Y fueron todos llenos del Espíritu Santo.
El Espíritu de Dios vino como un viento recio, y llenó a los discípulos. Así también, en los vientos de nuestra vida —en los cambios, en los momentos de su presencia—, Dios puede estar obrando, aunque no lo veamos. El que cree de verdad aprende a reconocer a Dios en su mover, a estar atento a su presencia que sopla en la vida. No necesitamos ver el viento para saber que está; tampoco necesitamos ver a Dios para saber que nos acompaña. Está cerca, soplando su amor sobre nosotros; solo hace falta un corazón atento para reconocerlo.
La fe, certeza de lo que no se ve
Aquí está el corazón de todo: la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. No necesitamos ver para creer; al contrario, la fe es precisamente confiar en lo que no vemos, porque conocemos a Aquel en quien confiamos.
Hebreos 11:1
Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.
La fe ve lo que los ojos no ven. El hombre natural no percibe las cosas del Espíritu, porque para él son locura; pero el que tiene el Espíritu de Dios las discierne. Por eso, como hijos de Dios, no vivamos como el mundo, que necesita ver para creer; vivamos por fe, confiando en Dios aunque no lo veamos, seguros de su presencia y su amor. Andamos por fe, no por vista. Esa fe que confía sin ver es la que agrada a Dios y la que nos da paz, porque descansa no en lo que vemos, sino en quien sabemos que nos ama.
2 Corintios 5:7
Porque por fe andamos, no por vista.
¿Andas por fe, confiando en Dios sin verlo, o necesitas ver para confiar?
No vivir como el mundo que necesita ver
Es comprensible que el mundo necesite ver para creer, porque no conoce a Dios; sus ojos están cerrados a lo espiritual. Pero para los hijos de Dios la situación es distinta: tenemos su Espíritu, que nos hace comprender y reconocer su presencia sin necesidad de pruebas.
Juan 20:29
Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.
Bienaventurados los que no vieron y creyeron. Esa es la fe que Dios bendice: la que confía sin exigir pruebas. Cuando empezamos a exigirle a Dios señales para creer, estamos actuando como el mundo, no como hijos. El que de verdad cree reconoce a Dios en su Palabra, en su Espíritu, en lo cotidiano, y confía aunque no vea. No le pidas a Dios que se demuestre una y otra vez; confía en su amor, que ya se demostró en Cristo. Vivir por fe, sin necesidad de ver, es la marca del hijo de Dios, y la fuente de una paz que el mundo no conoce.
Reconocer su voz en medio de todo
Muchas veces el Señor quiso hablarnos —en un momento de quietud, en su Palabra, en una circunstancia— y no lo escuchamos porque actuamos como el mundo, buscando explicaciones en vez de discernir su voz. Conviene aprender a reconocer a Dios en medio de todo lo que vivimos.
Salmo 77:18-19
La voz de tu trueno estaba en el torbellino; tus relámpagos alumbraron el mundo. En el mar fue tu camino, y tus sendas en las muchas aguas.
La voz de Dios estaba en el torbellino, dice el salmo. Cuántas veces nos rodeó algún torbellino y no le dimos importancia, sin darnos cuenta de que Dios quería hablarnos. Su voz puede sonar distinta cada vez, por eso hace falta un corazón atento y un oído espiritual despierto. No descartes como casualidad lo que puede ser Dios tocando tu vida; pregúntale, escúchale, discierne. El que aprende a reconocer la voz de Dios en medio de todo vive en comunión con Él, atento a su guía, sin perderse lo que el Señor quiere decirle. Mantén despierto el oído del corazón.
¿Cuántas veces Dios quiso hablarte y no lo escuchaste por buscar explicaciones en vez de discernir su voz?
Acudir a Él en la tormenta
Cuando estés en medio de la tormenta de los problemas, recuerda que puedes acudir a Dios, que está contigo aunque no lo veas, para que traiga paz a tu vida. Así como reconoces el trueno, el calor y el viento sin verlos, reconoce que Él está junto a ti para sostenerte.
Mateo 8:26
Y él les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza.
Jesús calmó la tormenta, y los discípulos se maravillaron de que hasta los vientos y el mar le obedecían. El mismo Señor que manda sobre las fuerzas de la naturaleza está contigo en tus tormentas. No necesitas verlo para saber que está; cree, confía, acude a Él. A veces calma la tormenta de afuera; a veces te da paz en medio de ella. Pero siempre está, y siempre escucha al que confía. Por eso, en la tormenta, no actúes como el mundo que se desespera; actúa como hijo de Dios que confía en su Padre, aunque no lo vea, sabiendo que Él trae la calma.
La fe que no exige espectáculos
Hay una tentación sutil: querer que Dios se manifieste con grandes señales para creer. Pero Jesús no se complacía en dar espectáculos a los que solo buscaban prodigios; la fe que Él busca no exige espectáculos, sino que confía en su amor.
Mateo 16:4
La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás.
La fe que solo cree si ve prodigios es una fe inmadura. Dios a veces se manifiesta de maneras sencillas: una paz inesperada, una puerta que se abre, una palabra que llega al corazón en el momento justo. No esperes siempre el trueno espectacular para reconocer a Dios; aprende a verlo en lo pequeño y cotidiano, que es donde más obra. La fe madura no necesita que Dios se demuestre una y otra vez; confía en su amor, que ya se reveló del todo en Jesús. Pedir señales sin fin es desconfianza; creer sin exigir es la fe que agrada a Dios y da paz al corazón.
¿Le exiges a Dios grandes señales, o aprendes a reconocerlo en lo sencillo y cotidiano?
La fe se nutre del oír la Palabra
Si la fe es creer sin ver, conviene saber cómo crece esa fe. La Escritura lo dice con claridad: la fe viene por el oír la Palabra de Dios. Cuanto más nos alimentamos de su Palabra, más firme se hace nuestra confianza en Él.
Romanos 10:17
Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.
La fe nace y crece al escuchar la Palabra de Dios. Por eso, si quieres creer más sin necesidad de ver, aliméntate de su Palabra: léela, medítala, déjala echar raíces. El que conoce el amor de Dios revelado en su Palabra confía más fácilmente, porque sabe en quién cree. La fe no se fortalece exigiendo pruebas, sino conociendo más a Dios. Como el trueno se reconoce porque hemos aprendido a distinguirlo, así aprendemos a reconocer la voz y la presencia de Dios cuanto más lo conocemos en su Palabra. Nutre tu fe en ella, y crecerá firme, capaz de confiar aun sin ver.
¿Estás nutriendo tu fe con la Palabra de Dios, para confiar más sin necesidad de ver?
Conclusión: cree sin ver
Crees en el trueno, el calor y el viento sin verlos, solo porque percibes sus efectos. Cuánto más debes creer en Dios, cuya presencia percibes de mil maneras: en su voz, en el fuego que enciende tu corazón, en el viento de su Espíritu, en su Palabra. La fe es la certeza de lo que no se ve; no necesitamos ver para creer, sino confiar en Aquel que nos ama.
No vivas como el mundo, que necesita ver para creer y exige pruebas a cada paso; vive como hijo de Dios, que confía por fe, reconoce la voz del Señor en medio de todo, y acude a Él en la tormenta sabiendo que está, aunque no lo vea. Aprende a discernir su presencia, a escuchar su voz, a confiar en su amor. Porque bienaventurados los que no vieron y creyeron; y el que cree sin ver descansa en una paz que el mundo no conoce, la paz de saberse acompañado por Dios.
Crees en el trueno sin verlo: cree también en Dios por fe, confiando en su presencia y su amor que nunca te dejan.