Apartarnos del mal

Vivir en el mundo sin dejarnos arrastrar por el mal

 

Conferencia espiritual

 

El deseo de Dios: que nos apartemos del mal

A lo largo del tiempo, Dios nos ha hablado del crecimiento espiritual, de la madurez y de su gracia, y siempre apunta en una misma dirección: que nos apartemos del mal. No porque quiera privarnos de algo bueno, sino porque, en su amor, sabe que el mal solo trae dolor. Apartarse del mal no es un castigo; es el camino a la vida plena que Dios desea para nosotros.

1 Juan 1:5

Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.

Dios es luz, y en Él no hay ninguna tiniebla. Si queremos vivir en comunión con Él, vamos caminando hacia la luz y dejando atrás las tinieblas. Apartarnos del mal no significa aislarnos del mundo, sino no dejarnos arrastrar por todo lo que aparta de Dios. De eso queremos hablar: de vivir en el mundo sin pertenecer a su mal, escogiendo siempre la luz.

¿Caminas hacia la luz de Dios, o sigues mezclado con tinieblas que te apartan de Él?

No es bueno todo lo que el mundo ofrece

La Palabra es clara: no todo lo que el mundo ofrece proviene de Dios. Los deseos desordenados, la avidez de tener, la vanagloria de la vida, no vienen del Padre. Por eso Dios desea que tomemos distancia de ese sistema de cosas que aparta del bien, no para encerrarnos, sino para no dejarnos engañar por sus ofertas.

1 Juan 2:16-17

Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

El mundo y sus deseos pasan; lo que permanece es la voluntad de Dios. Apartarnos del mal es elegir lo que permanece por encima de lo que se desvanece. Estamos en el mundo, nos rozamos a diario con él, pero no tenemos que dejarnos dominar por sus ofertas de placer pasajero. No te aísles, pero tampoco te dejes arrastrar; usa el discernimiento que Dios da para distinguir lo que edifica de lo que destruye. El que hace la voluntad de Dios permanece para siempre; el que se aferra a lo pasajero, se queda con las manos vacías.

¿Pones tu corazón en lo que pasa, o en la voluntad de Dios que permanece para siempre?

Lo temporal frente a lo eterno

El mal ofrece satisfacciones temporales; Dios ofrece vida eterna junto a Él. Muchos se aferran a placeres que duran poco —y que al pasar dejan heridas en el alma— sin darse cuenta de que cambian lo eterno por lo pasajero. La luz de Cristo nos hace ver el sinsentido de vivir solo para lo que se desvanece.

Mateo 6:19-20

No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan.

Los tesoros de la tierra se corrompen; los del cielo permanecen. Por eso vale la pena apartarse del mal aunque cueste, aunque haya que renunciar a algo que atrae: estamos cambiando lo que se pudre por lo que dura para siempre. El dolor más grande no es renunciar a un placer pasajero, sino alejarse del amor eterno de Dios por algo que dura tan poco. Haz tesoros en el cielo; pon tu corazón en lo eterno, y lo pasajero perderá su poder de arrastrarte. El que mira lo eterno se aparta con gozo de lo que solo deja heridas.

¿Cambias lo eterno por placeres pasajeros, o haces tesoros en el cielo que permanecen?

La luz de Cristo nos hace ver el mal

Cuando la luz de Cristo entra en el corazón, empezamos a ver con claridad lo que antes nos parecía normal. Vemos el daño que hace el mal, la esclavitud de ciertos placeres, el vacío de lo que el mundo promete. Esa luz no es para condenar a nadie, sino para que nosotros mismos sepamos de qué apartarnos.

Efesios 5:8-11

Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz. Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas.

Éramos tinieblas, pero ahora somos luz en el Señor; por eso andamos como hijos de luz. El que ha recibido la luz de Cristo ya no puede vivir como antes, porque ve el mal por lo que es. Apartarnos del mal no es seguir reglas por miedo, sino vivir conforme a la luz que ya está en nosotros. No participes de lo que sabes que es tiniebla; deja que la luz de Cristo guíe tus decisiones. El que anda en la luz se aparta naturalmente de lo que pertenece a la oscuridad.

¿Dejas que la luz de Cristo te muestre de qué debes apartarte, o cierras los ojos a ello?

Mayor es el que está en nosotros

Apartarnos del mal no lo hacemos con nuestras solas fuerzas. Desde que recibimos a Cristo, su Espíritu mora en nosotros, y ese poder es mayor que cualquier inclinación al mal que venga de dentro o de fuera. No estamos solos en la lucha; llevamos dentro al que es más fuerte.

1 Juan 4:4

Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo.

Mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo. Esta es nuestra confianza: no vencemos el mal por ser fuertes, sino porque Dios vive en nosotros y nos sostiene. Cuando sientas el tirón de una tentación o la presión de las inclinaciones que te apartan de Dios, recuerda que no estás solo ni indefenso: el Espíritu de Dios en ti es más fuerte. Apóyate en Él, no en tu sola voluntad. El que confía en el poder de Dios que mora en su interior se aparta del mal con una fuerza que no es suya, sino del Señor.

El Libro de Urantia — 156:5.5

El alma que se rinde a la guía del espíritu divino que mora en ella halla la fuerza para vencer el mal. No es por la lucha de la sola voluntad humana, sino por la confianza en la presencia interior de Dios, como el creyente se eleva por encima de las tendencias que lo arrastran hacia abajo.

El alma que se rinde a la guía del espíritu de Dios que mora en ella halla la fuerza para vencer el mal. No es por la lucha de la sola voluntad humana, sino por la confianza en la presencia interior de Dios, como nos elevamos por encima de las tendencias que nos arrastran hacia abajo. Por eso, apartarnos del mal es, más que un esfuerzo de fuerza propia, un dejarnos guiar por Dios que vive en nosotros. El que se apoya en esa presencia interior es levantado por encima del mal.

¿Luchas contra el mal con tu sola voluntad, o te apoyas en el poder de Dios que vive en ti?

Apartarse para servir, no para esconderse

Apartarnos del mal no es escondernos del mundo, sino vivir de tal manera que nuestra vida sea luz para otros. Dios no nos saca del mundo; nos envía a él como testigos. El que se ha apartado del mal y vive en la luz se convierte en una invitación viva para que otros también dejen las tinieblas.

Mateo 5:14-16

Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

Somos la luz del mundo, y la luz no se enciende para esconderla. Apartarnos del mal no nos vuelve indiferentes a los demás; al contrario, nos hace capaces de mostrarles el camino. Por eso no juzgamos con dureza a los que aún viven en tinieblas; los amamos y dejamos que nuestra vida transformada los atraiga a la luz. Apártate del mal, sí, pero no para encerrarte, sino para alumbrar. El que vive en la luz, sin dejarse arrastrar por el mal, se vuelve bendición para los que aún buscan el camino.

¿Tu vida apartada del mal se esconde, o alumbra a otros hacia la luz de Dios?

Conclusión: apartémonos del mal y vivamos en la luz

Dios desea que nos apartemos del mal, no para privarnos de nada, sino porque nos ama y sabe que el mal solo trae dolor. No todo lo que el mundo ofrece viene de Dios; lo temporal pasa, pero lo eterno permanece. La luz de Cristo nos hace ver de qué apartarnos, y el Espíritu que mora en nosotros, mayor que el que está en el mundo, nos da la fuerza para hacerlo.

Apartarnos del mal no es aislarnos ni escondernos, sino vivir en la luz en medio del mundo, para alumbrar a otros. Toma distancia de lo que te aparta de Dios, haz tesoros en el cielo, deja que la luz de Cristo guíe tus decisiones, y apóyate en el poder de Dios que vive en ti, no en tu sola voluntad. Y deja que tu vida transformada sea luz que atraiga a otros al camino. Apartémonos, pues, del mal, no por miedo, sino por amor a la luz, para seguir al Dios vivo con toda nuestra fuerza y ser, en este mundo, reflejo de su amor.

Apártate del mal no para esconderte, sino para vivir en la luz y alumbrar a otros con el amor de Dios.

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