Como un grano de trigo

La Palabra que germina y da fruto en el corazón

 

Conferencia espiritual

 

La semilla en la tierra del corazón

Como un grano de trigo es la Palabra de Dios al caer en la tierra de nuestro corazón. Si encuentra buenas condiciones, germina, crece y da fruto: primero la planta, luego la espiga, después el grano maduro que Dios desea recoger. La pregunta es sencilla y profunda: la semilla de Dios, ¿ha germinado en ti, o se está perdiendo por no hallar las condiciones adecuadas?

Marcos 4:26-28

Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra; y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo. Porque de suyo lleva fruto la tierra, primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga.

La semilla crece sin que el hombre sepa cómo: ese es el misterio de la obra de Dios en nosotros. Cada palabra que recibimos de Él es una semilla, un alimento para el alma. Pero no basta con recibirla; hace falta que caiga en buena tierra y encuentre las condiciones para germinar y dar fruto. De eso depende que la Palabra produzca en nosotros una vida nueva, o que se quede sin dar nada. Por eso conviene preguntarnos cómo está la tierra de nuestro corazón.

La Palabra que recibes, ¿germina y da fruto en ti, o se queda sin producir nada?

Semilla que no produce nada

Para muchos, las semillas de la Palabra se convierten solo en el alimento de un momento: calman el apetito espiritual del día, pero después no queda nada. Dios les marca cambios, y no los hacen; les marca caminos, y no los siguen; quiere enseñarles para que crezcan, y prefieren seguir igual.

Santiago 1:8

El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos.

Uno de los problemas más visibles, sobre todo en quienes andan de un lado a otro sin echar raíces, es la falta de crecimiento por falta de constancia. La inconstancia hace que prefieran seguir siendo niños espirituales antes que crecer y dar fruto. La semilla cayó, pero no encontró tierra constante donde germinar. Por eso, no recibas la Palabra solo como emoción del momento; deja que eche raíces, sé constante en vivirla. La constancia es la buena tierra donde la semilla de Dios germina y crece.

Depender de Dios cada día

Muchas veces creemos que creceremos solo por hacer actividades; pero la vida cristiana comienza con la dependencia de Dios. La oración es parte de esa dependencia: estar en consulta permanente con Él, no solo para conocer su voluntad, sino para vivirla.

Colosenses 4:2

Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias.

Perseverar y velar en la oración es mantener el corazón conectado con Dios. Y a esa dependencia se une la lectura y la meditación de la Palabra, escudriñarla para que Dios nos guíe por ella. Hay quienes ven como pérdida de tiempo la comunión con Dios y siempre hallan un pretexto para no leer ni orar; pero esa es justamente la condición que la semilla necesita para crecer. Una semilla sin agua no germina; una fe sin oración ni Palabra no crece. Depende de Dios cada día, en oración y en su Palabra, y la semilla dará fruto.

Santiago 1:22

Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos.

¿Dependes de Dios cada día en oración y Palabra, o siempre hallas pretextos para descuidarlo?

Conocer la Palabra y vivirla

Hay quienes leen y conocen mucho la Palabra, pero con sus hechos la niegan, porque no demuestran haber conocido el amor, la santidad y la bondad de Dios. No basta con conocer la Palabra; hay que vivirla, para que de verdad nos guíe y nos haga crecer.

1 Juan 2:4

El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él.

Conocer a Dios y no vivir su Palabra es engañarse. La semilla no da fruto solo por estar guardada en la mente; tiene que penetrar en la vida y transformarla. De nada sirve saber la Biblia de memoria si no se vive el amor, la humildad, el perdón que enseña. La Palabra leída y puesta por obra es la que nos guía al crecimiento y a la madurez. Por eso, no te conformes con conocer; vive lo que conoces, y la semilla dará en ti fruto abundante.

Crecer en comunión con los hermanos

Desde la iglesia primitiva, los creyentes crecieron sobre la base de la comunión entre hermanos. No crecemos aislados, sino compartiendo, apoyándonos, sosteniéndonos unos a otros. La comunión es parte del suelo donde la semilla crece sana.

Hechos 2:42

Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones.

Perseveraban en la comunión: ahí está una clave del crecimiento. Compartir las enseñanzas, fortalecernos unos a otros, acompañarnos en las alegrías y las tristezas, suplir las necesidades de los demás. Como dice la Escritura, si uno cae, el otro lo levanta; pero ay del que está solo. La semilla de la Palabra crece mejor en el suelo de la comunidad, donde nos animamos y nos sostenemos. No vivas tu fe en soledad; crece junto a tus hermanos, y mostrarás tu crecimiento soportándote, perdonando y amando como Cristo nos amó.

Colosenses 3:13-14

Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto.

¿Creces en comunión con tus hermanos, o intentas vivir tu fe aislado?

De la semilla al fruto

Cuando la semilla germina y crece, llega el tiempo del fruto. Y el fruto se muestra en una vida transformada, en el servicio a Dios y a los demás, en el amor que se vuelve obras. Ese es el propósito de la semilla: no quedarse en planta, sino dar grano maduro.

Juan 15:8

En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.

El Padre es glorificado cuando damos mucho fruto. La semilla de la Palabra, bien cultivada, produce en nosotros frutos de amor, de bondad, de servicio, de vidas que se acercan a Dios a través de la nuestra. No basta con crecer para nosotros mismos; el fruto es para alimentar a otros y para gloria de Dios. Por eso, deja que la semilla complete su ciclo: germine, crezca y dé fruto. Una vida que da fruto es la prueba de que la Palabra cayó en buena tierra y echó raíces hondas.

El tiempo de tu vida ha llegado

Muchos viven como si el tiempo no contara, posponiendo las decisiones que Dios les pide, sin dar importancia a la Palabra recibida. Pero el tiempo de dar fruto es ahora; no conviene dejar que la semilla se pierda por descuido o por demora.

Juan 4:35

He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque están blancos para la siega.

Los campos están blancos para la siega: el tiempo ha llegado. Es tiempo de dejar los caminos que no conducen a nada y seguir los que Dios marca; tiempo de salir del estanque y sumergirse en el río de Dios; tiempo de dejar la apatía y dar fruto. No dejes que la semilla quede escondida bajo un terrón y se pudra sin crecer. Acondiciona la tierra de tu corazón: constancia, oración, Palabra vivida, comunión. Y la semilla que Dios sembró germinará, crecerá y dará la espiga llena de grano que Él espera recoger. Tu tiempo ha llegado; no lo dejes pasar.

¿Estás dejando que la semilla de Dios dé fruto en ti hoy, o la pospones para un mañana incierto?

Conclusión: prepara la buena tierra

La Palabra de Dios es como un grano de trigo que, caído en buena tierra, germina, crece y da fruto. Para que eso ocurra, hace falta preparar la tierra del corazón: constancia en vez de inconstancia, dependencia de Dios en oración y Palabra, vivir lo que conocemos, crecer en comunión con los hermanos, hasta dar el fruto que Dios espera.

No dejes que la semilla se pierda como alimento de un momento, ni que quede escondida sin crecer. Acondiciona la tierra de tu corazón, sé constante, aliméntate de la Palabra y de la oración, vive en comunidad, y deja que Dios dé el crecimiento. Tu tiempo ha llegado: deja los caminos infructuosos, sumérgete en el río de Dios, y deja que la semilla germine y dé la espiga llena de su presencia y su amor. Porque para eso siembra Dios su Palabra en nosotros: para recoger fruto que permanece, para su reino y su gloria.

Prepara la buena tierra de tu corazón, y la Palabra sembrada germinará y dará fruto abundante para Dios.

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