¿Sigues cautivo?
Vivir de verdad la libertad que Cristo nos dio
Conferencia espiritual
Una pregunta que merece sinceridad
¿Sigues cautivo, o de verdad has sido liberado por la acción de Dios en tu vida? La respuesta parece obvia: soy libre, porque Cristo me hizo libre. Y es cierto. Pero muchas veces decimos haber sido libertados mientras, en los hechos, seguimos atados. Por eso vale la pena examinarnos con sinceridad y preguntarnos si vivimos de verdad la libertad que Cristo nos dio.
Lucas 4:18
El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos.
Jesús vino precisamente a pregonar libertad a los cautivos y a poner en libertad a los oprimidos. Esa es su misión: liberarnos. Pero la libertad que Él da debe hacerse real en nuestra vida, no quedarse solo en palabras. De eso queremos hablar hoy: de descubrir las ataduras que aún nos retienen, para vivir de verdad la libertad con que Cristo nos hizo libres.
Si fueras del todo sincero, ¿vives la libertad de Cristo, o sigues atado a algo?
Lo que de verdad nos cautiva
Cautivar significa atraer, seducir, hacer prisionero. Y así obra el mal en la vida: primero atrae, seduce con algo que parece bueno, y poco a poco va haciendo prisionero al que no está firme. No siempre es algo evidente; muchas veces son cosas sutiles las que nos van atando sin que lo notemos.
Juan 8:34-36
Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado. Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre. Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.
Lo que nos cautiva no siempre es algo grosero; puede ser un hábito, un rencor que no soltamos, un miedo, una manera de pensar que nos esclaviza. Empieza atrayéndonos, parece inofensivo, y termina dominándonos. Pero Jesús dijo que si el Hijo nos liberta, seremos verdaderamente libres. La buena noticia es que la libertad está disponible; la pregunta es si la estamos viviendo. Identifica qué te atrae y te ata, y entrégalo al Señor, porque solo en Él hay libertad verdadera.
¿Qué cosa, aunque parezca pequeña, te atrae y poco a poco te ha ido atando?
Decir que somos libres no basta
Muchos confiesan con los labios que han sido libertados, pero en el corazón no lo creen ni lo viven. La lengua se mueve rápido y dice cosas que no están realmente arraigadas en el corazón. Y de nada sirve declarar que somos libres si por dentro seguimos atados al miedo, a la duda o a las viejas costumbres.
Santiago 1:26
Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana.
La libertad verdadera no es una frase que repetimos, sino una realidad que se vive. Se puede engañar al corazón diciendo lo que no creemos. Por eso, más que repetir que somos libres, conviene preguntarnos si actuamos como libres, si confiamos como libres, si vivimos sin las cadenas que decíamos haber soltado. La fe verdadera baja de los labios al corazón y se traduce en una vida distinta. No te conformes con declarar libertad; vívela de verdad, creyéndola en lo profundo del corazón.
¿Tu libertad es solo una frase que repites, o una realidad que de verdad vives?
Cautiverios disfrazados
Hay cautiverios que se disfrazan. Algunos dicen ser libres, pero una enfermedad o un malestar aparece justo cuando deben servir a Dios. Otros dicen ser libres, pero la cautividad del miedo, de la ansiedad o de la falta de perdón los retiene. Otros se dicen libres, pero su manera de vivir desmiente sus palabras. Son prisiones disfrazadas que hacen vano, en la práctica, el sacrificio de Cristo.
Gálatas 5:1
Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.
Cristo nos hizo libres para que vivamos en libertad, no para que volvamos a someternos a yugos disfrazados. A veces el yugo no viene de fuera, sino de nuestras propias tendencias: la inclinación al miedo, a la queja, a la duda, a guardar rencor. Mira con honestidad qué cadenas disfrazadas todavía te retienen. No las justifiques ni las disimules; reconócelas y entrégalas a Dios. El que vive firme en la libertad de Cristo no vuelve a someterse a lo que ya fue vencido en la cruz.
¿Qué cautiverio disfrazado —miedo, rencor, ansiedad— sigues arrastrando aunque te creas libre?
La falta de conocimiento mantiene cautivo
La Escritura señala una causa importante del cautiverio: la falta de conocimiento. Cuando no conocemos a Dios ni sus promesas, no podemos apropiarnos de la libertad que ya nos pertenece. La ignorancia de lo que somos en Cristo nos mantiene viviendo como esclavos, aunque seamos hijos libres.
Oseas 4:6
Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos.
Muchos siguen cautivos porque no conocen las promesas de Dios ni la verdad de quiénes son en Cristo. Por eso es tan importante buscar el conocimiento del Señor como quien busca un tesoro: leer y meditar su Palabra, conocer sus promesas, entender la libertad que nos dio. El que conoce la verdad es hecho libre por ella. No te quedes cautivo por ignorancia; aliméntate de la Palabra, conoce a Aquel que te liberó, y aprende a vivir como el hijo libre que eres. El conocimiento de Dios rompe las cadenas de la ignorancia.
¿Conoces las promesas de Dios y tu identidad en Cristo, o sigues cautivo por no conocerlas?
La libertad es decisión de vivirla
Cuando recibimos a Cristo, el Padre nos hizo libres, nos trasladó de las tinieblas a su reino de luz. La cautividad ya fue vencida en la cruz. Pero para que esa libertad se haga efectiva en nuestra vida diaria, hace falta una decisión: la de creerla y vivirla, dejando atrás lo que nos ataba.
Colosenses 1:13-14
El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.
Dios ya hizo su parte: nos libró y nos trasladó a su reino. La obra está consumada; ahora depende de nosotros vivirla. Es tiempo de soltar el miedo que aparece cuando hay que servir, de dejar la queja y la duda, de creer de verdad la libertad recibida. Pon los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, y decide vivir como libre. No hagas vano, con tu manera de vivir, el precio que Él pagó por tu libertad. Hoy puedes decidir vivir, por fin, la libertad con que Cristo te hizo libre.
El Libro de Urantia — 130:2.6
La verdad os hará libres; el conocimiento vivo de Dios libera el alma de todo temor. El hijo que conoce el amor del Padre vive con la libertad gozosa de quien sabe que es amado, y ningún temor lo mantiene cautivo.
El conocimiento vivo del amor de Dios libera el alma de todo temor. El que sabe que es un hijo amado del Padre vive con una libertad gozosa que ningún miedo puede encadenar. Por eso la mayor libertad no es solo dejar de hacer ciertas cosas, sino vivir seguros del amor de Dios, sin el temor que esclaviza. Conoce ese amor, créelo, y vivirás libre de verdad, como el hijo libre que ya eres.
¿Estás dispuesto a decidir hoy vivir la libertad que Cristo ya ganó para ti?
Conclusión: vive tu libertad
La realidad es que, al recibir a Cristo, fuimos hechos libres y trasladados a su reino. La cautividad ya fue vencida en la cruz. Pero muchas veces seguimos viviendo como cautivos, atados a cadenas disfrazadas —el miedo, la duda, el rencor, las viejas costumbres— o por no conocer la libertad que ya nos pertenece.
Examínate con sinceridad y descubre los barrotes que aún te retienen. Aliméntate del conocimiento de Dios, porque la verdad hace libre. Cree en lo profundo del corazón la libertad recibida, y decide vivirla: suelta el miedo, deja la queja, abandona el rencor, vive como hijo amado y libre. No hagas vano el sacrificio de Cristo arrastrando una cautividad que Él ya venció. El conocimiento vivo del amor del Padre libera el alma de todo temor. Comienza hoy a gozar de tu libertad, porque para eso te hizo libre el Señor.
Cristo ya te hizo libre: descubre tus cadenas disfrazadas, conoce su amor, y decide vivir como hijo libre.