De las aguas te saqué

Dios te llama a salir y a servir, como a Moisés

 

Conferencia espiritual

 

Rescatados para algo más

Muchas veces decimos, con razón, que el Señor nos saca del fango del pecado, nos viste de nuevo, sana nuestras heridas y nos sella con su Espíritu. Eso le ocurre a todos los que reciben a Jesús: somos hechos hijos de Dios. Pero a algunos, además, el Señor quiere sacarlos de las aguas para una tarea: para servir, para llevar su amor a otros.

Éxodo 2:10

Y cuando el niño creció, ella lo trajo a la hija de Faraón, la cual lo prohijó, y le puso por nombre Moisés, diciendo: Porque de las aguas lo saqué.

De las aguas lo saqué: así nació el nombre de Moisés. Y así como Dios sacó a Moisés de las aguas para una gran misión, hoy quiere sacar a muchos de las aguas, de la comodidad, para que sirvan en su obra, cada uno con su don. Recibir la salvación es el comienzo; pero Dios también nos llama a salir y a servir, a poner nuestra vida al servicio de su amor. Hoy queremos hablar de ese llamado: como a Moisés, Dios nos dice de las aguas te saqué, para algo más.

¿Te conformas con haber sido rescatado, o respondes también al llamado de Dios a servir?

Cómodos en la cesta

Moisés fue puesto en una cesta sobre las aguas del río, protegido, hasta que Dios lo sacó. Y hay muchos creyentes que se quedan, por así decirlo, cómodos en la cesta: protegidos, sin riesgos, sin compromisos, dejando pasar el llamado de Dios a servir.

Efesios 2:10

Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.

Fuimos creados para buenas obras que Dios preparó para nosotros. Pero a veces preferimos quedarnos en la cesta, cómodos y protegidos, porque salir a servir implica esfuerzo, riesgo, exponerse. Cada vez que llega el llamado de Dios, sentimos una sacudida en el corazón, como la cesta que toca un junco, pero seguimos navegando sin responder. El Señor, sin embargo, quiere sacarnos de las aguas para que demos el fruto para el que nos creó. No te quedes cómodo en la cesta toda la vida; escucha el llamado de Dios a salir y servir, y responde. La comodidad protege, pero impide cumplir el propósito.

Salir pide el carácter de Moisés

Para ser usados como Moisés, hace falta tener algo de su carácter. Y lo primero que se destaca de Moisés es su mansedumbre: era el hombre más manso de la tierra. Eso, para muchos, es lo difícil, porque la rebeldía, la soberbia y el orgullo cuestan más de soltar que la comodidad.

Números 12:3

Y aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra.

La mansedumbre de Moisés no era debilidad, sino la humildad del que se deja moldear por Dios. Para servir de verdad, hace falta dejar la soberbia y la rebeldía, y aprender esa mansedumbre. A veces es más fácil quedarse en la cesta que salir y dejar que Dios trabaje nuestro carácter, exponiéndonos a mostrar con el testimonio los cambios que Él hace en nosotros. Pero no hay servicio verdadero sin esa transformación del corazón. Si quieres responder al llamado de Dios, pídele que forme en ti la mansedumbre de Cristo, que es la verdadera grandeza. El que sirve con humildad sirve de verdad.

¿Estás dispuesto a dejar la soberbia y aprender la mansedumbre que el servicio pide?

Escoger a Dios por encima de lo demás

Moisés, pudiendo gozar de los placeres y las riquezas del palacio, escogió antes ser maltratado con el pueblo de Dios, teniendo por mayor riqueza el seguir a Dios que los tesoros del mundo. Salir de las aguas implica, muchas veces, esa misma decisión: poner a Dios por encima de lo demás.

Hebreos 11:24-26

Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado; teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón.

Moisés tenía la mirada puesta en lo eterno, no en lo pasajero. Por eso pudo dejar los placeres del palacio para servir a Dios. A muchos les cuesta salir de las aguas porque no quieren dejar las comodidades del mundo, ni soportar las burlas o críticas de quienes no entienden su decisión. Pero el que quiere servir a Dios pone la mirada en Jesús, no espera recompensa de los hombres sino de Dios, y está dispuesto a renunciar a lo que sea por amor. No se trata de buscar sufrimiento, sino de no dejar que la comodidad o el qué dirán nos impidan responder al llamado. Pon la mirada en lo eterno, y podrás salir de las aguas.

No temer al salir

Otra cosa que detiene a muchos es el miedo: temor a lo que pueda pasar, a las dificultades, a no ser capaces. Moisés, en cambio, dejó Egipto sin temer, porque se sostenía como viendo al Invisible, confiando en Dios.

Josué 1:9

Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque el Señor tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.

No temas ni desmayes, porque yo estaré contigo: esa es la promesa que acompaña a todo llamado. Es verdad que cuando uno dispone el corazón para servir, surgen dificultades; pero ahí también está Dios, alentando y sosteniendo. No salgas de las aguas confiando en tus fuerzas, sino en la presencia de Dios que va contigo. El miedo dice que no podrás; la fe responde que con Dios sí. Como Moisés, sostente como viendo al Invisible: aunque no veas a Dios, confía en que está contigo, y el temor se irá. No dejes que el miedo te mantenga en la cesta; sal con valentía, de la mano de Dios.

¿Qué miedo te está impidiendo responder al llamado de Dios a servir?

La protección de Dios en la travesía

Cuando emprendemos el servicio con seriedad, muchas veces el viento será contrario y las dificultades parecerán mayores que nuestras fuerzas. Pero ahí aparece la ayuda divina: sin Cristo nuestras fuerzas son escasas, pero con su presencia las tormentas se calman.

Isaías 41:10

No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.

Yo estoy contigo, te esforzaré, te ayudaré, te sustentaré: cuántas veces lo necesitamos en la travesía del servicio. Las luchas, las dudas y las pruebas a veces superan nuestras fuerzas humanas, pero la presencia del Señor calma las olas y da paz. Siempre es así para los que aprenden a confiar en Dios: la protección de sus propias fuerzas es insuficiente, pero el cuidado de Dios nunca falla. Por eso, al salir a servir, no confíes en ti mismo, sino en Aquel que va contigo y te sostiene. Él no te llamó para abandonarte; el que te llama también te acompaña y te sustenta en toda la travesía.

Humillarse para que Dios levante

Para ser un buen servidor de Dios, hace falta no exaltarse ni buscar que los hombres nos exalten, sino humillarse ante Dios y dejar que sea Él quien levante. El servicio verdadero nace de la humildad, no de la búsqueda de posiciones.

1 Pedro 5:6

Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo.

Humíllate bajo la mano de Dios, y Él te exaltará a su tiempo. El que busca su propia exaltación, que quiere posiciones encumbradas aunque no sean de Dios, todavía no está listo para servir de verdad; prefiere quedarse en la cesta de su orgullo. Pero el que se humilla, como Moisés, y deja que sea Dios quien lo levante y lo use, ese sirve de verdad. No busques el reconocimiento de los hombres; busca agradar a Dios, y deja que Él te ponga donde quiera y cuando quiera. La humildad es la puerta del servicio verdadero; el que se humilla es levantado por Dios para llevar su luz a otros.

Dios capacita al que llama

Una de las excusas más comunes para no responder al llamado es sentirse incapaz. También Moisés la puso: dijo que no sabía hablar, que era tardo de lengua. Pero Dios no llama a los capaces; capacita a los que llama. No necesitas tener todo resuelto para salir de las aguas; necesitas confiar en Aquel que te envía.

Éxodo 4:11-12

Y el Señor le respondió: ¿Quién dio la boca al hombre? Ahora, pues, ve, y yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar.

Yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que has de hablar. Dios no descalificó a Moisés por sus limitaciones; le prometió su presencia y su ayuda. Lo mismo hace contigo. Tal vez sientas que no sabes, que no puedes, que otros lo harían mejor; pero el Señor no busca tus capacidades, sino tu disposición. Él pone lo que falta. Muchos se quedan en la cesta porque miran sus debilidades en lugar de mirar el poder de Dios. No dejes que la sensación de incapacidad te detenga; el que te llama te capacita. Sal confiando, no en lo que tú eres, sino en lo que Dios puede hacer a través de ti.

¿Te detiene el sentirte incapaz? ¿Confías en que Dios capacita al que llama?

Servir donde estás, con lo que tienes

Salir de las aguas no siempre significa ir lejos ni hacer cosas grandes. A veces es servir justo donde estás, con lo que tienes en la mano, como Moisés sirvió primero con su vara, un objeto sencillo de pastor. Dios usa lo poco que ponemos en sus manos.

Éxodo 4:2

Y el Señor dijo: ¿Qué es eso que tienes en tu mano? Y él respondió: Una vara.

¿Qué es eso que tienes en tu mano? Dios no le pidió a Moisés algo que no tenía; usó lo que ya estaba en su mano. Así también contigo: no esperes tener grandes recursos o talentos extraordinarios para servir. Pregúntate qué ha puesto Dios en tus manos —un don, un tiempo, una palabra, un oficio— y ponlo a su servicio. El que es fiel en lo poco, Dios lo pone sobre lo mucho. No menosprecies lo que tienes ni el lugar donde estás; ahí mismo puedes empezar a servir. Pon tu vara en las manos de Dios, y verás cómo Él hace cosas grandes con lo sencillo que le entregas.

¿Qué ha puesto Dios en tu mano que podrías poner hoy a su servicio?

Conclusión: sal de las aguas

Como a Moisés, Dios quiere sacar a muchos de las aguas para que sirvan en su obra, lleven su amor a otros y desarrollen el don que les dio. No te quedes cómodo en la cesta; responde al llamado. Pero salir pide algo: el carácter manso de Moisés, escoger a Dios por encima de lo demás, no temer, confiar en su protección y humillarse para que Él te levante.

Si sientes que Dios te llama a servir, no dejes que la comodidad, la soberbia, el miedo o el qué dirán te mantengan en la cesta. Sal de las aguas, deja que Dios forme tu carácter, pon la mirada en lo eterno, confía en que Él va contigo y te sostiene, y humíllate para que te use. La tarea no será fácil ni rápida —a Moisés le llevó tiempo—, pero el que sale de las aguas de la mano de Dios se convierte en luz para otros. Escucha hoy su voz que te dice: de las aguas te saqué; y respóndele: heme aquí, Señor, envíame.

Dios te dice: de las aguas te saqué. No te quedes cómodo en la cesta; sal, con humildad y sin temor, a servir y a ser luz.

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