Deja de mirar a Barrabás

Vuelve tus ojos a Jesús y regresa a tu primer amor

 

Conferencia espiritual

 

¿Dónde están puestos tus ojos?

Hay una pregunta sencilla que decide gran parte de nuestra vida espiritual: ¿dónde tienes puestos los ojos? Muchos hijos de Dios viven mirando a quienes parecen prosperar lejos de Dios, a quienes parecen escapar de toda consecuencia, a quienes hacen lo que quieren y, al menos por fuera, les va bien. Esa mirada poco a poco nos roba la paz y nos aparta del camino. Ha llegado el tiempo de dejar de mirar a Barrabás y poner de nuevo los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe.

Mateo 27:57-60

Cuando llegó la noche, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también había sido discípulo de Jesús. Este fue a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús; entonces Pilato mandó que se le diese. Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia, y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue.

Junto a la cruz hay dos figuras que nos enseñan caminos opuestos: Barrabás, el que parece librarse de todo, y José de Arimatea, el discípulo que actúa con fe y se ocupa de las cosas de Jesús. La pregunta de hoy es a cuál de los dos miramos. Si vivimos pendientes de Barrabás, terminamos amargados y confundidos; si fijamos los ojos en Jesús y servimos como José, hallamos la paz. De eso queremos hablar: deja de mirar a Barrabás y vuelve tu mirada al Señor.

¿Vives mirando a los que parecen escapar de toda consecuencia, o tienes los ojos puestos en Jesús?

Quién era Barrabás

Conviene saber quién era ese Barrabás. La Escritura lo describe como un hombre revoltoso y violento, preso por sus crímenes. Y, sin embargo, cuando llegó el momento, la multitud pidió que lo soltaran a él y que crucificaran a Jesús. Para los ojos humanos, Barrabás se libró del castigo; el inocente ocupó el lugar del culpable.

Mateo 27:20-21

Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud que pidiese a Barrabás, y que Jesús fuese muerto. Y respondiendo el gobernador, les dijo: ¿A cuál de los dos queréis que os suelte? Y ellos dijeron: A Barrabás.

Hay algo que estremece en esta escena: incluso personas religiosas, que decían conocer a Dios, empujaron a la multitud a escoger lo peor y rechazar lo mejor. El engaño puede entrar en cualquier lugar, aun donde se habla de Dios. Por eso debemos estar atentos: no toda voz que suena religiosa viene de Dios, y no todo el que parece librarse de las consecuencias está realmente bendecido. Barrabás salió libre ese día, pero quedó esclavo de sí mismo. La verdadera libertad no es escapar del castigo, sino ser transformado por el amor de Dios.

¿Confundes a veces la falta de consecuencias inmediatas con la bendición de Dios?

Los muchos Barrabás de cada día

Si miramos alrededor, encontramos muchos Barrabás. No hablo solo de grandes criminales, sino de esas influencias que generan revuelta en nuestra vida: las palabras hirientes, los enojos que suben de tono, las discusiones que dejan heridas, las divisiones que rompen matrimonios, familias y comunidades. A veces son personas; muchas veces son actitudes y voces que se meten donde no las llaman, solo para sembrar pleito y destrucción.

Proverbios 2:13-15

Que dejan los caminos derechos, para andar por sendas tenebrosas; que se alegran haciendo el mal, que se gozan en las perversidades del vicio; cuyas veredas son torcidas, y torcidos sus caminos.

Hay quienes, habiendo dejado los caminos derechos, ya no buscan construir sino destruir, y quieren arrastrar a otros a su propia ruina. No los tomes como modelo. El problema no es solo que existan; el problema es cuando los ponemos delante de nuestros ojos, cuando les pedimos consejo, cuando los admiramos, cuando empezamos a desear lo que ellos tienen. Ahí comienza la caída. Identifica a esos Barrabás en tu vida —las actitudes, las voces, las compañías que te alejan de Dios— y deja de mirarlos. No todo lo que brilla viene del cielo.

¿Qué voces o actitudes están sembrando revuelta en tu vida y te alejan de la paz de Dios?

El peligro de admirar al que parece prosperar sin Dios

Una de las mentiras más sutiles es esta: que se puede tener una vida plena y feliz sin Dios, que el cumplir sus caminos es estorbo, que los que hacen lo que quieren son los que de verdad disfrutan. Esa mentira nos hace mirar a Barrabás con envidia y dejar de seguir a Jesús. Pero la prosperidad que se sostiene sobre el engaño es un envase vacío: por fuera reluce, por dentro está hueco.

Salmos 73:2-3

En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies; por poco resbalaron mis pasos. Porque tuve envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los impíos.

El salmista confiesa con honestidad que casi resbala por envidiar a los que prosperaban sin Dios, hasta que entró en el santuario y entendió el final de las cosas. Cuántas veces nos pasa igual: vemos a alguien que ignora a Dios y le va aparentemente bien, y empezamos a dudar de nuestro camino. Pero no juzgues una vida por su apariencia ni por un momento. Lo que permanece no es lo que reluce hoy, sino lo que está edificado sobre el amor de Dios. No envidies a Barrabás; ten compasión de él y sigue firme tras Jesús, que es la verdadera vida.

¿Has sentido envidia de quien parece feliz sin Dios? ¿Qué te dice eso de dónde tienes el corazón?

El otro malhechor: la diferencia está en volverse a Jesús

Junto a Jesús había dos malhechores crucificados. Uno lo injuriaba; el otro reconoció su culpa, se volvió a Jesús y le pidió que se acordara de él. Los dos estaban en la misma condición, pero uno fijó los ojos en Jesús y el otro no. Esa es la diferencia que cambia un destino: no la gravedad de lo que hicimos, sino hacia dónde volvemos la mirada.

Lucas 23:42-43

Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.

Aquel hombre no tuvo tiempo de hacer grandes obras; solo volvió su mirada a Jesús con fe y humildad, y recibió la promesa más hermosa. Esto nos enseña que nunca es tarde para dejar de mirar a Barrabás y mirar a Cristo. Por más que hayas mirado lo que no debías, por más que te hayas desviado, hoy puedes volver los ojos a Jesús, reconocer tu necesidad y entregarte a Él. El amor del Padre, revelado en la cruz, está siempre dispuesto a recibir al que regresa.

El Libro de Urantia — 188:5.11

La cruz no es el símbolo del sacrificio del Hijo inocente de Dios en lugar de los pecadores culpables y para aplacar la ira de un Dios ofendido, sino que se yergue para siempre como el símbolo de que Jesús estuvo dispuesto a entregar su vida en aras de la verdad y la rectitud.

La cruz no nos habla de un Dios que necesita venganza, sino de un Padre que ama tanto que su Hijo estuvo dispuesto a dar la vida revelando ese amor hasta el extremo. Por eso, fijar los ojos en Jesús crucificado no es mirar el horror, sino contemplar el amor más grande. Cuando ese amor llena el corazón, los Barrabás pierden su atractivo, porque ya nada de lo que ofrece el mundo se compara con ser amado y transformado por Dios.

¿Vuelves tu mirada a Jesús con la humildad del malhechor que reconoció su necesidad?

José de Arimatea: el que actúa por Jesús

Frente a Barrabás está José de Arimatea. Era rico, pero discípulo; tenía bienes, pero no servía a las riquezas, sino a Dios. Cuando todo parecía perdido, no se quedó paralizado: actuó. Fue a Pilato, pidió el cuerpo de Jesús, lo trató con amor y le dio lo mejor que tenía. José nos enseña dónde poner los ojos: no en los que escapan, sino en Jesús, y a quien se mira de verdad se le sirve.

Mateo 6:24

Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.

José puso a Dios en el primer lugar y, por eso, cuando llegó la hora, supo qué hacer. El que tiene los ojos en Jesús no se queda solo mirando: actúa, sirve, se ocupa de la obra del Señor y de los hermanos. Pregúntate qué lugar ocupa Dios en tus prioridades. Si de verdad lo miras a Él, eso se notará en tus decisiones, en tu tiempo, en tu servicio. Deja de mirar a Barrabás y, como José, vuelve los ojos a Jesús y ocúpate de las cosas de su reino.

¿Tu mirada a Jesús se traduce, como en José, en acciones concretas de servicio?

Las consecuencias verdaderas y el amor del Padre

Es cierto que las decisiones tienen consecuencias, y que alejarse de Dios trae dolor, aunque no siempre sea inmediato. Pero no debemos imaginar a Dios como un juez ansioso de castigar. Él es un Padre que ama y que advierte por amor, como un padre que avisa a su hijo del peligro no para condenarlo, sino para protegerlo. Las consecuencias del mal no son la venganza de Dios; son el fruto natural de apartarnos de la fuente de la vida.

Ezequiel 33:11

Vivo yo, dice el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos.

El corazón de Dios no se goza en la perdición de nadie; su deseo es que todos se vuelvan a Él y vivan. Por eso, cuando miramos a Barrabás y nos preguntamos por qué parece librarse, recordemos que Dios no está esperando para castigar, sino llamando para salvar. Y a nosotros, sus hijos, nos llama a no fijar los ojos en quién parece escapar, sino a confiar en su amor y a anunciar a otros ese mismo amor que transforma. El que entiende esto deja de juzgar a Barrabás y empieza a interceder por él.

¿Ves a Dios como un Padre que llama a la vida, o como un juez que espera para castigar?

Vuelve a tu primer amor

Muchas veces el problema no es que dejemos de creer, sino que dejamos enfriar el amor. Empezamos mirando a Jesús con todo el corazón y, poco a poco, ponemos los ojos en el trabajo, el dinero, la salud, las preocupaciones, o en esos Barrabás que nos distraen. Sin darnos cuenta, hemos dejado nuestro primer amor.

Apocalipsis 2:4-5

Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras.

El Señor no nos reprocha con dureza; nos llama con ternura a recordar de dónde caímos y a volver. Volver al primer amor es sencillo: es apartar los ojos de lo que nos distrae y ponerlos otra vez en Jesús; es retomar la oración, la Palabra, el servicio, el gozo de los primeros tiempos. No te quedes lamentando el enfriamiento; vuelve. El mismo amor que te alcanzó la primera vez está intacto, esperándote. Deja de mirar a Barrabás y regresa a los brazos del Padre.

¿Sientes que has dejado tu primer amor? ¿Qué darías hoy para volver a él?

Conclusión: vuelve tus ojos a Jesús

Puede que, aun siendo hijo de Dios, te hayas distraído mirando a algún Barrabás que parece haber escapado de toda consecuencia; puede que la mentira de que se puede ser feliz sin Dios te haya hecho dudar de tu camino; puede que hayas puesto los ojos en el dinero, el trabajo, la salud o tantas cosas, y hayas dejado tu primer amor. Hoy el Señor te llama a volver.

Deja de mirar a Barrabás. Aparta los ojos de los que parecen librarse, de las voces que siembran revuelta, de la prosperidad vacía que el mundo exhibe. Vuelve tus ojos a Jesús, contempla en la cruz el amor del Padre, y, como José de Arimatea, ocúpate de las cosas de Dios. Recuerda que Cristo no quedó en la cruz: resucitó y vive, y hoy te llama con ternura a regresar a tu primer amor. No envidies a nadie; ten compasión, intercede, y sigue firme tras Aquel que dio la vida por amor. El que fija los ojos en Jesús nunca se pierde el camino.

Deja de mirar a Barrabás: vuelve tus ojos a Jesús, regresa a tu primer amor, y ocúpate de su obra.

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