Conociendo como fuimos conocidos
Amados por Dios desde antes de la creación
Conferencia espiritual
Conocidos antes de existir
Hay una verdad que llena de paz el corazón: Dios nos conoció y nos amó desde antes de la fundación del mundo. No empezamos a importarle a Dios el día que nacimos, ni el día que lo buscamos; mucho antes de que existiéramos, ya estábamos en su corazón.
Efesios 1:4
Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor.
En amor nos escogió antes de la fundación del mundo. Esto cambia la manera de vernos a nosotros mismos: no somos un accidente ni un número, sino alguien pensado y amado por Dios desde la eternidad. Llegar a conocernos como Dios nos conoce —como hijos amados desde siempre— da una paz y una seguridad que nada en el mundo puede dar. Hoy queremos descubrir esa verdad: fuimos conocidos y amados por Dios antes de existir, y eso es lo más hondo y hermoso de nuestra identidad.
¿Vives sabiendo que Dios te conoció y te amó desde antes de la creación?
Formados y conocidos por el Padre
Dios no solo nos creó; nos conoció desde antes de formarnos, como un padre que ama a su hijo aun antes de que nazca. Esa cercanía del Creador con cada uno de nosotros es asombrosa y entrañable.
Jeremías 1:5
Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué.
Antes de formarte, te conocí. Cada uno de nosotros fue pensado por Dios, conocido por nuestro nombre, amado antes de respirar. No somos fruto del azar; somos obra de un Padre que nos quiso desde siempre. El salmista lo decía maravillado: Dios formó nuestras entrañas, nos conoce por completo, ninguno de nuestros días le es ajeno. Saber esto nos da raíces: por más solos o perdidos que nos sintamos, hay Uno que nos conoce de verdad, nos formó con amor y nunca nos ha dejado de mirar. Esa es la base firme de nuestra identidad: ser conocidos y amados por Dios.
Salmo 139:13-14
Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras.
Una nueva criatura en Cristo
Cuando recibimos a Cristo, descubrimos esta verdad y entramos en una vida nueva. Somos hechos nueva criatura: lo viejo va quedando atrás, y todo es hecho nuevo. No por nuestros méritos, sino por la obra de Dios en nosotros.
2 Corintios 5:17
De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.
Ser nueva criatura no significa que ya somos perfectos, ni mucho menos que nos volvemos dioses; significa que Dios comienza en nosotros una vida nueva, que nos da una identidad de hijos amados y nos va transformando a la imagen de Cristo. Las cosas viejas van pasando, y Dios va haciendo nuevas todas las cosas en nosotros. Por eso no debemos seguir mirándonos a nosotros mismos ni a los demás solo por lo que fuimos; en Cristo hay una vida nueva en marcha. Mírate, y mira a tu hermano, con los ojos de Dios: no por el pasado, sino por lo que Dios está haciendo de nosotros, sus hijos.
El Libro de Urantia — Documento 34:6.5
Cuando nacéis del espíritu, comienza en vosotros una vida nueva. El que nace del espíritu inicia un crecimiento que durará para siempre; va siendo transformado poco a poco a la semejanza de Cristo, descubriéndose hijo amado del Padre.
¿Te ves a ti mismo y a los demás por lo que fueron, o por la nueva vida que Dios está haciendo?
Hijos amados, no dioses
Conviene decir con claridad algo, para no torcer esta verdad. Que Dios nos conociera y amara desde antes de la creación, y que en Cristo seamos nueva criatura, no significa que nos volvamos dioses ni que dejemos de necesitar a Dios. Somos hijos amados, no dioses; criaturas, no Creador.
Juan 1:12
Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.
Hijos de Dios: esa es la dignidad más alta que podemos tener, y es inmensa; pero es la dignidad del hijo, no la del Padre. Hay quienes tuercen esta verdad hasta decir que el creyente es un dios, que ya no puede pecar ni perderse, que no necesita arrepentirse. Eso no es el evangelio de Jesús; es soberbia disfrazada. El verdadero hijo de Dios vive con humildad y gratitud, sabiéndose amado pero también dependiente de Dios, necesitado de su gracia cada día. Cuanto más conocemos cuánto nos ama Dios, más humildes nos volvemos, no más soberbios. Somos hijos amados; y esa es la mayor de las grandezas.
El Libro de Urantia — Documento 160:1.10
Cuanto más se acerca el alma a Dios, más consciente es de su pequeñez y de su dependencia de Él. El conocimiento del amor del Padre no produce soberbia, sino humildad y gratitud; el verdadero hijo de Dios se sabe amado, pero nunca se cree igual al Padre.
El amor que nos conoció primero
Lo más hermoso de ser conocidos por Dios es que fuimos amados primero. No tuvimos que merecerlo; Dios nos amó cuando aún no existíamos, y nos amó cuando estábamos lejos. Su amor es la fuente de todo, no nuestra respuesta.
1 Juan 4:10
En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.
No empezamos nosotros amando a Dios; Él nos amó primero, y se entregó por nosotros. Esa entrega de Cristo no fue un gesto vacío, sino la revelación más alta del amor del Padre, que dio todo por sus hijos. Por eso, saber que fuimos conocidos y amados desde antes de la creación nos llena de seguridad: nuestro valor no depende de lo que hagamos ni de lo que otros piensen de nosotros, sino de que Dios nos amó primero. Ese amor que nos conoció antes de existir es el mismo que nos sostiene hoy y nos sostendrá para siempre. Descansa en ese amor que te amó primero.
¿Apoyas tu valor en lo que haces o en lo que otros piensan, o en el amor de Dios que te amó primero?
Reconciliados con el que ya nos conocía
Dios, que nos conoció desde siempre, nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos encargó el mensaje de la reconciliación. Volver a Dios no es ir a un desconocido, sino reconciliarnos con Aquel que ya nos conocía y nos amaba.
2 Corintios 5:18-19
Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados.
Reconciliarnos significa volver a la comunión con Aquel de quien el pecado nos había separado, pero que nunca dejó de amarnos. Dios no nos toma en cuenta los pecados, sino que nos ofrece volver a su abrazo. Y esa reconciliación no es solo para nosotros; nos hace mensajeros de ella, para invitar a otros a volver al Padre que también los conoce y los ama. Por eso, el que ha descubierto cuánto lo conoce y ama Dios no puede callar; lo comparte. Reconciliados con el que siempre nos conoció, somos enviados a reconciliar, a llevar a otros la noticia de un Dios que los ama desde antes de existir.
Vivir conforme a quienes somos
Saber que fuimos conocidos y amados por Dios, y que somos sus hijos, debe transformar nuestra manera de vivir. No para creernos superiores, sino para vivir a la altura de esa dignidad: con amor, con humildad, reflejando al Padre que nos amó.
Efesios 4:22-24
Despojaos del viejo hombre, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.
Despojarnos de lo viejo y vestirnos del hombre nuevo: eso es vivir conforme a quienes somos en Cristo. El que sabe que es hijo amado de Dios no vive como esclavo del miedo ni del pecado, sino como hijo libre que quiere parecerse a su Padre. No se trata de un esfuerzo angustioso por merecer el amor que ya tenemos, sino de responder con amor al amor recibido. Vive, pues, como lo que eres: hijo conocido y amado de Dios desde antes de la creación, llamado a reflejar en tu vida la bondad, la humildad y el amor de tu Padre.
¿Vives a la altura de tu dignidad de hijo de Dios, con amor y humildad?
La paz de saberse conocido y amado
Al final, conocer cómo fuimos conocidos nos da lo que más necesita el corazón: paz. La paz de saber que no estamos solos, que somos amados desde la eternidad, que nuestra vida tiene un sentido en el corazón de Dios.
Isaías 43:1
Ahora, así dice el Señor, Creador tuyo: No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú.
Te puse nombre, mío eres tú: qué palabras tan llenas de amor. Dios nos conoce por nuestro nombre, nos llama suyos, nos dice que no temamos. Esa certeza es la roca sobre la que descansa el alma: pase lo que pase, soy conocido y amado por Dios, soy suyo. No tenemos que ganarnos su amor ni vivir con miedo de perderlo; solo recibirlo con humildad y gratitud, y dejar que nos transforme. El que vive sabiéndose conocido y amado por Dios camina con paz, con esperanza y con amor, porque sabe en quién ha confiado y de quién es. Esa es la paz que el mundo no puede dar.
Conclusión: descansa en su amor
Fuimos conocidos por Dios desde antes de la fundación del mundo, formados y amados antes de existir. En Cristo somos nueva criatura, hijos amados —no dioses, sino hijos—, reconciliados con el Padre que siempre nos conoció. Su amor nos amó primero, y en él descansa nuestra identidad y nuestra paz.
No apoyes tu valor en lo que haces ni en lo que otros piensan de ti, sino en el amor de Dios que te conoció y te amó desde la eternidad. Vive con la humildad y la gratitud del hijo amado, despójate de lo viejo, vístete del hombre nuevo, y refleja en tu vida el amor de tu Padre. Y lleva a otros esta buena noticia: que también ellos son conocidos y amados por Dios desde antes de existir. Porque conocer cómo fuimos conocidos —amados desde siempre por el Padre— es la verdad que da paz, sentido y libertad al alma.
Fuiste conocido y amado por Dios desde antes de la creación: descansa en ese amor y vive como hijo suyo.