Construyamos con solidez
Una fe verdadera, no recubierta de apariencias
Conferencia espiritual
Crecer en número no siempre es crecer en verdad
Llama la atención cómo se multiplican las iglesias y las denominaciones en este tiempo. Podría parecer bueno, porque así el evangelio se extiende; pero al mirar de cerca, vemos que en algunas, aunque se hable de Dios y de Jesús, la enseñanza se ha apartado de la sana doctrina del amor. No todo lo que crece en número crece en verdad.
Hechos 20:29-30
Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas, para arrastrar tras sí a los discípulos.
Ya el apóstol advirtió que vendrían quienes torcerían la verdad para arrastrar a otros tras de sí. Por eso conviene ser atentos y discernir: no dejarnos deslumbrar por lo que brilla por fuera, sino mirar si lo que se enseña y se vive es de verdad el evangelio del amor de Jesús. Lo importante no es la apariencia ni el número, sino la solidez de la verdad. Hoy queremos hablar de eso: de construir nuestra fe con solidez, y no recubrirla de apariencias.
¿Te dejas deslumbrar por lo que brilla por fuera, o miras la solidez de la verdad?
La pared recubierta de lodo suelto
La Escritura usa una imagen fuerte: una pared mal construida que se recubre con lodo suelto para disimular sus grietas. Por fuera parece firme, pero cuando llegan la lluvia y el viento, el lodo se cae y la pared se derrumba, porque no había solidez debajo.
Ezequiel 13:10-11
Por cuanto engañaron a mi pueblo, diciendo: Paz, no habiendo paz; y uno edificaba la pared, y he aquí que los otros la recubrían con lodo suelto; di a los recubridores con lodo suelto, que caerá.
El lodo suelto representa las apariencias con que se disimula lo que no es firme. Y esto no es solo de las iglesias que ocultan sus verdaderas intenciones; también puede pasarnos a cada uno, cuando recubrimos con apariencias de devoción un corazón que por dentro sigue igual. Una fe construida sobre apariencias se derrumba en la prueba; una fe construida sobre la verdad permanece. Por eso conviene examinarnos: ¿estoy construyendo mi vida espiritual con la solidez de la verdad, o solo recubriéndola de apariencias que se caerán cuando lleguen las tormentas?
Adorar desde el corazón, no desde la apariencia
Quienes recubren su fe de apariencias toman la Palabra de Dios con ligereza y adoran superficialmente, desde la mente o la emoción, pero no desde lo más hondo. Dios busca adoradores verdaderos, que le adoren desde el corazón, donde mora su Espíritu.
Juan 4:24
Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.
Adorar en espíritu y en verdad: eso es lo que Dios busca, no una religiosidad de apariencias. Nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, y desde ahí, desde lo más profundo, debe brotar nuestra adoración. No basta con cantar bien o decir las palabras correctas; Dios mira el corazón. La adoración verdadera no se finge; nace de un corazón entregado. Por eso, construyamos nuestra fe desde adentro, desde el corazón donde habita Dios, y no desde la fachada que solo busca aparentar.
¿Adoras a Dios desde el corazón, o solo desde la apariencia exterior?
Vivir en la verdad y en la luz
Para construir con solidez, hace falta vivir en la verdad: hablar verdad, pensar verdad, actuar verdad. Porque Dios es luz, y el que dice tener comunión con Él pero anda en tinieblas, miente. La fe sólida se vive en la luz, con transparencia.
1 Juan 1:6-7
Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros.
Andar en luz es vivir con coherencia, sin doblez, sin recubrir nada de lodo suelto. No se trata de ser perfectos, porque todos fallamos; se trata de ser sinceros, de vivir en la verdad delante de Dios y de los demás. La luz de Cristo mora en nosotros para que alumbremos, y la luz no se puede esconder. Por eso, construyamos una fe transparente, que viva lo que cree, para que nuestra vida sea de verdad luz y no una fachada hueca. El que anda en luz construye sólido; el que anda en tinieblas, sobre lodo.
El mundo nos está mirando
Hay una razón importante para construir con solidez: el mundo nos observa. Los que aún no conocen a Dios, y especialmente los recién llegados a la fe, tienen los ojos puestos en nosotros, y a través de nuestra vida se forman una idea de cómo es Dios.
Mateo 5:16
Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.
Que vean vuestras buenas obras y glorifiquen al Padre: esa es nuestra responsabilidad. Si mentimos, los que nos miran pensarán que también Dios miente; si defraudamos, pensarán que Dios defrauda. Si nuestro cristianismo es solo apariencia, ¿cómo podremos acercar a otros a la luz? En cambio, una vida construida con la solidez de la verdad muestra al mundo cómo es de verdad Dios: amoroso, fiel, bueno. Por eso, cuida tu testimonio, no por temor al qué dirán, sino porque a través de ti otros pueden conocer al Padre. Una vida sólida y verdadera es la mejor predicación.
Los que te miran, ¿qué idea de Dios se forman a través de tu vida?
Marcar la diferencia, empezando por uno mismo
Fuimos llamados a ser luz a las naciones, a marcar una diferencia en el mundo. Pero no podremos cambiar la sociedad ni a nuestra familia si antes no hemos cambiado nosotros, si solo nos cubrimos con la apariencia de creyentes mientras por dentro sigue predominando lo viejo.
Romanos 12:2
No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.
La transformación empieza por dentro y por uno mismo. No podemos dar lo que no tenemos ni mostrar una luz que no está encendida. Por eso, antes de pretender cambiar a otros, dejemos que Dios nos transforme a nosotros, que renueve nuestra mente, que haga sólida nuestra fe. El cambio verdadero en la familia, en el entorno, en el mundo, comienza con vidas de verdad transformadas, no con apariencias. Marca la diferencia siendo de verdad distinto, no por fuera, sino por dentro; y esa diferencia genuina será la que atraiga a otros a la luz.
Las promesas que sostienen nuestra responsabilidad
Esta responsabilidad de ser luz va de la mano de las promesas que Dios nos da. No promesas de riqueza material, sino sobre todo de su cuidado, su protección y su presencia, que nos sostienen para poder vivir como sus hijos y ser luz para otros.
Salmo 91:1-2
El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo al Señor: Esperanza mía, y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré.
Dios nos cubre con su sombra, es nuestro refugio y nuestra fortaleza. Esa es la promesa que de verdad nos sostiene: no que nos hará ricos, sino que estará con nosotros, nos cuidará, nos dará su paz y su fuerza para vivir como luz en medio del mundo. El que construye su vida sobre estas promesas tiene un fundamento firme, porque descansa en el cuidado de Dios y no en las apariencias ni en lo material. Apóyate en su amor y su cuidado, y tendrás la solidez para cumplir la hermosa responsabilidad de ser luz.
El Libro de Urantia — Documento 100:7.6
El alma que descansa en el cuidado de Dios construye sobre roca firme. Su seguridad no está en lo material ni en las apariencias, sino en la presencia amorosa del Padre, que es refugio seguro y fundamento que no se derrumba en las tormentas de la vida.
¿Construyes tu seguridad sobre lo material y las apariencias, o sobre el cuidado de Dios?
Una luz de verdad encendida
La luz que alumbra es la que de verdad está encendida. No sirve una vela con una llama solo dibujada; tiene que estar realmente ardiendo. Así nuestra fe: tiene que estar de verdad encendida por el conocimiento y el amor de Dios, no ser una imitación de luz.
Mateo 5:14-15
Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.
Somos la luz del mundo, y la luz no se hace para esconderla ni para fingirla. Una fe sólida es una luz de verdad encendida: nutrida de la Palabra, viva en el amor, coherente en la vida. Esa luz alumbra de verdad, atrae a otros, glorifica al Padre. Por eso, no te conformes con aparentar; deja que Dios encienda de verdad tu fe, aliméntala de su Palabra, vívela con sinceridad. Una luz verdaderamente encendida no se puede esconder, y disipa las tinieblas a su alrededor. Sé esa luz.
Cuidar dónde nos congregamos
Si conviene construir nuestra vida con solidez, también conviene mirar con cuidado dónde nos alimentamos espiritualmente, no sea que sea un lugar bonito por fuera pero recubierto de lodo suelto por dentro. No por desconfianza, sino por sabiduría, para crecer en la verdad.
1 Juan 4:1
Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo.
Probad los espíritus, dice la Escritura: no creer todo sin discernir. Conviene preguntarnos si donde nos congregamos se predica de verdad el evangelio del amor de Jesús, o si la apariencia esconde otra cosa. Una comunidad sólida no teme las preguntas; vive en la verdad, con transparencia, y produce frutos de amor. No se trata de andar juzgando a todos, sino de cuidar que el alimento que recibimos sea sano. Busca, pues, alimentarte donde se viva la verdad y el amor de Cristo, y huye de lo que solo es fachada; tu crecimiento espiritual lo agradecerá.
¿Te alimentas donde se vive la verdad y el amor de Cristo, o solo donde brilla la apariencia?
La verdad vivida es la mayor tormenta contra el engaño
El Señor dice que la pared de lodo suelto caerá con la lluvia y el viento; y la tormenta más fuerte contra el engaño es, precisamente, la verdad vivida en nuestra propia vida. Nada desenmascara tanto lo falso como una vida verdadera y coherente.
1 Corintios 4:5
Aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios.
Dios sacará a la luz lo oculto; pero mientras tanto, nuestra vida verdadera es ya una luz que desenmascara el engaño. Cuando vivimos con coherencia, con amor, con transparencia, mostramos cómo es de verdad la fe, y eso hace caer las apariencias huecas. No combatimos el engaño con discusiones, sino con el testimonio de una vida sólida y verdadera. Por eso, la mejor manera de enfrentar tanto engaño y tanta apariencia es construir tu propia vida sobre la verdad y vivirla con amor. Una vida verdadera es la tormenta que derriba el lodo suelto del falso cristianismo.
¿Tu vida verdadera y coherente desenmascara el engaño, o se confunde con las apariencias?
Conclusión: construye sobre la verdad
En estos tiempos hay muchas apariencias, mucho lodo suelto que recubre lo que no es firme, tanto en iglesias como en personas. Pero el llamado es a construir con solidez: una fe vivida en la verdad y en la luz, adorada desde el corazón, transformada de verdad por dentro, apoyada en el cuidado de Dios, encendida con su Palabra y su amor.
No recubras tu vida espiritual de apariencias que se caerán en la tormenta; constrúyela sobre la verdad, que permanece. Deja que Dios te transforme de verdad, vive con sinceridad y coherencia, sé una luz de verdad encendida. Así, cuando lleguen las pruebas, no te derrumbarás; y a través de tu vida sólida y verdadera, el mundo podrá conocer cómo es de verdad Dios. Construyamos con solidez, para ser luz que permanece y que glorifica al Padre.
No recubras tu fe de apariencias: constrúyela sobre la verdad y el amor, y sé luz de verdad encendida.