Cuando viene la noche
Actuar con fe en los tiempos oscuros de la vida
Conferencia espiritual
Cuando todo se oscurece
Cuando viene la noche sobre tu vida, ¿qué haces? ¿Te sientas a mirar los problemas sin hacer nada, a llorar y quejarte ante la dificultad, o actúas con fe? Todos hemos visto venir la noche: ese tiempo en que todo lo vemos oscuro, en que los problemas crean un manto que nos cubre y no nos deja ver hacia ningún lado.
Mateo 27:57-58
Cuando llegó la noche, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también había sido discípulo de Jesús. Este fue a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús; entonces Pilato mandó que se le diese el cuerpo.
Tal vez en este momento estás en la noche de tu vida: las circunstancias familiares, el trabajo, la falta de dinero, han oscurecido tu camino, y el agobio te quiere hundir. A todos nos llegan esas noches. La pregunta no es si vendrán, sino cómo actuaremos cuando lleguen. Y la Escritura nos muestra dos maneras: la de José de Arimatea, que actuó con fe, y la de quienes se quedaron sentados llorando. De eso queremos hablar: cómo actuar con fe cuando viene la noche.
Cuando llega la noche a tu vida, ¿actúas con fe, o te quedas sentado a llorar?
Levántate, ha venido tu luz
En medio de la noche, Dios tiene una palabra para ti: levántate, porque ha venido tu luz. No para quedarte dormido en la inquietud y la tristeza, sino para levantarte y caminar, sabiendo que el Señor está contigo.
Isaías 60:1
Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria del Señor ha nacido sobre ti.
Levántate, resplandece: el Señor mismo viene a traer el día a tu noche. Si estás escuchando o leyendo esto, no es casualidad; es que Dios quiere sacarte de la oscuridad a su luz admirable. Por eso, deja de dormir pensando solo en tus problemas, deja de preocuparte para empezar a ocuparte de ellos confiando en Dios, deja de llorar frente al sepulcro de tus penas. La noche puede ser real, pero la luz de Cristo es más fuerte. Levántate, porque tu luz ha venido, y la presencia de Dios está sobre ti para sostenerte.
José de Arimatea: un discípulo que actúa
Cuando vino la noche y todo parecía perdido, José de Arimatea actuó. Era rico, pero también discípulo de Jesús, y había atesorado sus enseñanzas en el corazón. Supo poner las prioridades en su lugar: no le importó dejar lo suyo para servir al Señor.
Mateo 6:24
Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.
José tenía bienes, pero no servía a las riquezas, sino a Dios; por eso, cuando llegó la hora, no le importó arriesgarse, presentarse ante la autoridad y pedir el cuerpo de su Maestro. Un verdadero discípulo es el que, con sus acciones, muestra que Dios ocupa el primer lugar, y que está dispuesto a dejar lo suyo para servirle. En la noche, mientras otros se paralizaban, José actuó movido por el amor y por lo que había aprendido de Jesús. Pregúntate qué lugar ocupa Dios en tu vida, y si, como José, eres capaz de actuar con fe cuando llega la oscuridad. El discípulo verdadero no se paraliza en la noche; actúa.
¿Qué lugar ocupa Dios en tus prioridades? ¿Actúas por Él aun cuando viene la noche?
Cuidar el cuerpo de Cristo
José tomó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia y le dio lo mejor que tenía. Y aquí hay una enseñanza para nosotros: cuidar el cuerpo de Cristo, que hoy es su comunidad, sus hermanos. En la noche, en vez de hundirnos en lo nuestro, podemos cuidar y servir a los demás.
Gálatas 6:2
Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.
Sobrellevar las cargas de los otros: así se cuida el cuerpo de Cristo. ¿Qué haces tú con la comunidad, con tus hermanos? ¿Los envuelves en limpieza y amor, acompañándolos, orando por ellos, ayudándolos? ¿O tomas el cuerpo y lo envuelves en murmuraciones, mentiras y división? Un verdadero discípulo cuida el cuerpo de Cristo, lo trata con amor, le da lo mejor. Y, curiosamente, cuando en nuestra propia noche nos olvidamos un poco de nosotros mismos para cuidar y servir a otros, descubrimos que la luz vuelve a nuestro corazón. Cuidar a los hermanos, aun en nuestra noche, es una forma de actuar con fe.
Darle a Dios lo mejor, no las sobras
José le dio a Jesús lo mejor que tenía: su propio sepulcro nuevo, excavado en la roca. No le dio las sobras, sino lo mejor. Y eso nos pregunta a nosotros: ¿qué le damos a Dios? ¿Lo mejor de nosotros, o las sobras de nuestro tiempo y nuestras ganas?
Romanos 12:1
Que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.
Presentar a Dios lo mejor de nosotros, nuestra vida entera, es el culto verdadero. José entregó su mejor posesión por amor; nosotros, ¿le damos a Dios lo mejor de nuestro tiempo, de nuestra voluntad, de nuestro servicio, o solo lo que nos sobra? Cuando las cosas van bien, a veces nos olvidamos de Dios, sintiéndonos ricos sin notar nuestra pobreza espiritual; y cuando viene la noche, recién lo buscamos. Pero Dios merece lo mejor, no las sobras, tanto en la bonanza como en la noche. Dale lo mejor de ti, por amor, como José le dio lo mejor que tenía. Eso también es actuar con fe.
¿Le das a Dios lo mejor de ti, o solo las sobras de tu tiempo y tus ganas?
No quedarse llorando frente al sepulcro
Junto al sepulcro estaban también dos mujeres que amaban a Jesús, sentadas, llorando. Amaban al Señor, pero se quedaron llorando frente a un sepulcro que pronto estaría vacío, frente a un problema que ya no existiría, porque Cristo iba a resucitar.
Mateo 28:5-6
Mas el ángel, respondiendo, dijo a las mujeres: No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, como dijo.
No está aquí, ha resucitado. Cuántas veces nos quedamos, como aquellas mujeres, sentados frente al sepulcro de nuestras penas, llorando y quejándonos, sin recordar las palabras del Señor. Llorar es humano y a veces necesario, pero no podemos quedarnos ahí para siempre, paralizados por la tristeza, cuando Dios es poderoso para levantar aun lo que parece muerto. En tu noche, deja de llorar frente al sepulcro y empieza a vivir: ocúpate de tus problemas confiando en Dios, y de cuidar el cuerpo de Cristo. Porque Cristo vive, y con Él hay esperanza aun en la noche más oscura. No te quedes llorando; levántate y vive.
Dios sepulta tus cargas y pone la roca
José hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro. Y hay una imagen hermosa en esto: cuando ponemos nuestras cargas en las manos de Dios, Él las sepulta y pone sobre ellas la roca de su Palabra, para que no vuelvan a atormentarnos.
1 Pedro 5:7
Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.
Echa toda tu ansiedad sobre Dios, porque Él cuida de ti. En tu noche, deja tus problemas, tus angustias y tus pesares en las manos del Señor; déjalos sepultados, con la roca de su Palabra y su cuidado sobre ellos. No vuelvas a desenterrar lo que ya le entregaste a Dios. Frente a ese sepulcro de tus cargas no tienes que quedarte llorando; puedes confiar en que Dios se hace cargo, y fortalecerte en su Palabra. El que echa sus cargas sobre Dios camina aligerado, porque sabe que su Padre las sostiene. Deja tus cargas a Él, y levántate a vivir en su luz.
¿Sigues cargando lo que ya podrías dejar en las manos de Dios?
Ser buenos discípulos, en la noche y en el día
Un verdadero discípulo lo es siempre: en la noche y en el día, en la prueba y en la bonanza. No se acerca a Dios solo cuando tiene problemas y se olvida de Él cuando todo va bien. Atesora la Palabra, cuida el cuerpo de Cristo y da lo mejor en todo tiempo.
Mateo 6:20-21
Sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.
El que hace tesoros en el cielo guarda la Palabra en el corazón y vive para lo que permanece. Por eso el buen discípulo no espera la noche para buscar a Dios; vive cerca de Él siempre, y así, cuando la noche llega, ya tiene raíces firmes y sabe cómo actuar. Sé un discípulo como José: que atesora las enseñanzas, que actúa con fe, que cuida a los hermanos, que da lo mejor. Y serás de los que, cuando viene la noche, no se hunden en la oscuridad, sino que se levantan, resplandecen y siguen sirviendo, porque su tesoro y su corazón están en Dios.
La noche tiene su tiempo, y luego viene el día
Es importante recordar que ninguna noche dura para siempre. Por más larga que parezca, tiene su tiempo, y después llega el amanecer. Dios nunca prometió que no tendríamos noches, pero sí prometió estar con nosotros en ellas y traer de nuevo el día.
Salmos 30:5
Porque un momento será su ira, pero su favor dura toda la vida. Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría.
Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría. Qué consuelo hay en esta promesa para el que está pasando su noche. Lo que ahora te parece interminable tendrá su fin; el llanto de hoy dará paso al gozo del mañana, porque así obra Dios con los suyos. No midas tu vida entera por la noche que atraviesas; recuerda que el día viene. El que sabe esto no se desespera en la oscuridad, sino que espera con paciencia y fe, sabiendo que el mismo Dios que permite la noche es el que trae la mañana. Aguanta firme, porque tu mañana de alegría está en camino.
¿Crees que tu noche tendrá fin, o la vives como si fuera para siempre?
En la noche, busca la compañía de Dios
Lo peor de la noche no es la oscuridad en sí, sino sentirse solo en ella. Pero el hijo de Dios nunca está solo: aun en el valle más oscuro, el Señor camina a su lado. Buscar su compañía en la noche cambia por completo cómo la vivimos.
Salmos 23:4
Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento.
Aunque ande en valle de sombra, no temeré, porque tú estás conmigo. El salmista no dice que no pasará por valles oscuros, sino que no temerá, porque sabe que Dios va con él. Esa es la diferencia: no se trata de no tener noches, sino de no atravesarlas solos. En tu noche, no te encierres en ti mismo; busca a Dios en oración, en su Palabra, en la comunidad de los hermanos. Su presencia infunde aliento al corazón cansado. El que camina la noche de la mano de Dios la atraviesa con paz, porque sabe que su Pastor no lo abandona. No camines solo tu noche; busca al que prometió estar contigo todos los días.
En tu noche, ¿buscas la compañía de Dios, o intentas atravesarla solo?
Conclusión: levántate y vive
Cuando viene la noche sobre tu vida, puedes actuar de dos maneras: como José de Arimatea, que con fe se levantó, cuidó el cuerpo de Cristo y dio lo mejor; o como quien se sienta a llorar frente al sepulcro de sus penas, paralizado. Dios te llama a lo primero: a levantarte, porque ha venido tu luz, y la gloria del Señor está sobre ti.
Deja de llorar frente al sepulcro y empieza a vivir: ocúpate de tus problemas confiando en Dios, echa tus cargas sobre Él que las sostiene, cuida el cuerpo de Cristo sirviendo a tus hermanos, y dale a Dios lo mejor de ti. Recuerda que Cristo vive y está contigo todos los días, hasta el fin. Por oscura que sea la noche, su luz es más fuerte. Eres hijo de Dios; levántate, resplandece, y vive con fe, sabiendo que el que confía en el Señor nunca queda en la oscuridad para siempre.
Cuando venga la noche, no te sientes a llorar: levántate, echa tus cargas sobre Dios, y vive en su luz.